Tamayo J.J., El Concilio Vaticano II: corta primavera, largo invierno. Cincuenta años después.

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El 8 de diciembre de 2015 se cumplieron cincuenta años de la clausura del Concilio Vaticano II, uno de los acontecimientos religiosos más importantes del siglo XX, que tuvo importantes repercusiones a nivel internacional en los diferentes campos de las religiones, la teología, las culturas, la política, la ciencia, la sociedad, la economía, etc. Ese año iniciaba mis estudios de Teología en el Seminario Conciliar de San José, que tenía el nombre de “Conciliar” no por el Vaticano II sino por el Concilio de Trento. Una parte importante de mi trabajo intelectual se ha desarrollado bajo el impacto y la influencia de aquel Concilio convocado por Juan XXIII. Cincuenta años después, he reflexionado sobre dicho acontecimiento con la serenidad y el sentido crítico que dan el tiempo transcurrido y las experiencias vividas. Esta reflexión no se mueve en el horizonte eclesiástico, ni siquiera eclesial. No es un ejercicio de apologética del Concilio Vaticano II, pero tampoco de iconoclastia. Quiere ser una teoría crítico-constructiva abierta a la esperanza de la reforma de la Iglesia en sintonía con los desafíos actuales.

Reforma moderada de la Iglesia y diálogo no simétrico con la modernidad

El Concilio Vaticano II fue una corta primavera, a la que siguió un largo invierno que ha durado casi cuarenta años. No fue un punto de llegada, sino de partida, que enseguida se abandonó para seguir otra dirección. Llevó a cabo una reforma moderada de la Iglesia católica, sin que llegara a producirse un cambio de paradigma. Y si se produjo, se quedó a medio camino.

Hubo, ciertamente, cambios importantes. Negarlos, sería muestra de ceguera y falta de rigor en el análisis. He aquí algunos:
. De la Iglesia como sociedad perfecta a la Iglesia como comunidad de creyentes
. Del mundo como enemigo del alma, junto con el demonio y la carne, al mundo como espacio privilegiado donde vivir la fe cristiana.
. De la condena y del anatema contra la modernidad y las religiones no cristianas, al diálogo multilateral: con el mundo moderno, la ciencia, cultura, el ateísmo, etc., superando etapas anteriores de enfrentamientos y alejándose de las actitudes de los propios cristianos “que, seguidas de agrias políticas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe” (GS 36).

. De la condena de los derechos humanos como contrarios a la ley natural, a la ley de Dios y a los derechos de la Iglesia, al reconocimiento de la cultura de los derechos humanos proclamados en la Declaración Universal de la ONU en 1948 y recogidos por el concilio en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual.
. De la condena de la secularización como contraria al cristianismo, a la defensa de la misma entendida como autonomía de las realidades temporales en cuyo clima es necesario vivir la experiencia religiosa. Dice el Vaticano II: “Todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad previas y de un propio orden regulado, que el hombre (sic) debe respetar, con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte”.
. De la Iglesia “siempre la misma”, inmutable, a la Iglesia en permanente reforma, asumiendo implícitamente el principio luterano de “Ecclesia semper reformanda”.
. Del integrismo católico al respeto a otras creencias.
. De la Contrarreforma a la Reforma.
. De la Cristiandad al Cristianismo.
. De la pertenencia a la Iglesia como condición necesaria para la salvación, a la libertad religiosa como derecho humano fundamental.

. Del autoritarismo “piano” (papas con el nombre de Pío) al conciliarismo (en la Iglesia católica ha habido dos tipos de Concilios: los papalistas y los conciliaristas). El Concilio Vaticano II fue conciliarista en la intención de Juan XXIII, pero terminó siendo papalista en su interpretación posterior y en su falta de aplicación.

Pero se mantuvieron intactas la estructura piramidal y la organización patriarcal
A pesar de los cambios, la estructura jerárquico-piramidal y la organización patriarcal se mantuvieron intactas. A pesar de definir a la Iglesia como pueblo de Dios y de acentuar la igualdad de todos los cristianos por el bautismo, el Vaticano II ratificó la “constitución jerárquica de la Iglesia y particularmente el episcopado” y propuso “la institución, perpetuidad, fuerza y razón del ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible… como objeto firme de fe a todo” (Constitución “Luz de las gentes”, capítulo 3) apelando a Cristo como base de dicha estructura y por tanto inmodificable. El mantenimiento de la estructura jerárquico-piramidal y de la organización patriarcal hizo imposible la reforma de la Iglesia.

La propia colegialidad de los obispos, que parecía una aportación fundamental del concilio se vio neutralizada por la Nota explicativa previa, impuesta por Pablo VI, que aparece al final de la Constitución “Luz de las gentes” y refuerza el poder papal, se vacía de contenido al vincularla con el Romano Pontífice. La nota aludida dice que no existe igualdad entre la cabeza y los miembros del colegio episcopal. “El carácter de miembro del colegio –afirma- se adquiere por la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza –en el Vaticano II, siempre con mayúscula- y con miembros del colegio”.

El diálogo que defendió el Vaticano II tuvo sus límites. Fue un diálogo de mitrados, en torno a 2500 de todo el mundo, con la exclusión del resto de los católicos –laicos, laicas, sacerdotes, religiosos, religiosas…- y especialmente de las mujeres. El diálogo no fue simétrico ni dentro de la Iglesia ni con las Iglesias cristianas.

Dentro de la Iglesia, el Concilio sigue manteniendo la estructura estamental, clérigos-laicos, y vertical, jerarquía-pueblo de Dios. Hay que considerar la Iglesia como pueblo de Dios una idea innovadora, que se coloca por delante de la índole jerárquica de la Iglesia. Pero en el mismo capítulo sobre el pueblo de Dios se afirma que la diferencia “esencial, no solo de grado” entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico. Y da las siguientes razones: “Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad de que goza, modela y dirige el pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico, ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo; los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio real, asisten a la oblación de la eucaristía, y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (LG 10). La propia estructura de la frase establece la división de funciones entre sacerdotes y laicos: los primeros, sujetos agentes; los segundos, sujetos pacientes.

Otro dato que abunda en la falta de simetría del diálogo en el interior de la Iglesia católica es que el capítulo dedicado a los laicos está colocado después de la constitución jerárquica de la Iglesia.

Sin negar la eclesialidad de las comunidades cristianas no católicas y sin llegar a afirmar el viejo principio excluyente del “fuera de la Iglesia no hay salvación”, el Vaticano II defiende que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica y sigue empleando el lenguaje preconciliar de “hermanos separados” (Decreto sobre Ecumenismo, 12)). Hay, por tanto, una actitud de superioridad, que impide el diálogo horizontal. Para que se produzca un diálogo simétrico y horizontal entre los diferentes interlocutores debe reconocerse el principio de igualdad.

Algunos silencios y olvidos importantes

En el Vaticano II hubo temas de fondo que no fueron abordados y sobre los que se tendió un velo de silencio, por expreso deseo de Pablo VI, como el matrimonio de los sacerdotes y la ordenación sacerdotal de las mujeres, o temas sobre los que se esperaba un cambio y no se produjo, como el control de natalidad, generando una profunda y generalizada decepción entre los católicos. Con razón puede afirmarse con algunos intérpretes como Giuseppe Franzoni, padre conciliar, que en cierta medida la involución comenzó con el propio Pablo VI, que domesticó el Concilio y enfrió el Postconcilio. Veamos algunos ejemplos.

. El Documento sobre el sacerdocio se discutió en la cuarta sesión del Concilio. El papa se opuso a que se debatiera el tema del celibato sacerdotal y en 1967 escribió la encíclica Sacerdotalis coelibatus, donde ratifica la obligatoriedad del celibato para los sacerdotes. La reafirmación del celibato de los clérigos tuvo como resultado un creciente descenso de las vocaciones sacerdotes, sobre todo en el mundo desarrollado, y un avance de los procesos de secularización de los sacerdotes. Se hacía realidad el título del profético artículo de Ivan Illich: “El clero esa especie que desaparece.”. En otros entornos culturales donde nunca se apreció el celibato como un valor, crecieron las vocaciones sacerdotales.

. En el caso de las mujeres, su ausencia en el ala conciliar fue notoria. Creo que fue en la tercera sesión cuando fueron nombradas auditoras algunas mujeres, entre ellas la española Pilar Bellosillo y la periodista y teóloga uruguaya Gladys Parentelli, que actualmente vive en Caracas, pero sin voz, ni voto. No se abordó el tema del sacerdocio de las mujeres, como tampoco su acceso a espacios de responsabilidad en la comunidad cristiana. Cuando posteriormente crecieron las reivindicaciones del sacerdocio femenino y surgieron estudios bíblicos, teológicos e históricos favorables al mismo, los papas Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI zanjaron el tema alegando que la exclusión de las mujeres del sacerdocio era voluntad de Jesús y, por tanto, de Dios mismo.

. En el caso del control de natalidad, numerosos teólogos, moralistas y científicos cristianos creyeron que el uso de los métodos anticonceptivos era una consecuencia lógica del principio de la paternidad responsable afirmado por el Vaticano II. Pero Pablo VI, oponiéndose al criterio de la Comisión asesora en esta materia, condenó el uso de los métodos anticonceptivos en la encíclica Humanae vital (1968. Lo que provocó uno de los más graves desafíos a la autoridad del papa por parte de los teólogos y moralistas en la historia de Occidente desde Lutero y uno de más graves desafectos de los católicos que en un porcentaje muy elevado hicieron caso omiso al papa.

. Un silencio del Vaticano II apenas percibido y que se suele pasar por alto es el de la ecología. El antropocentrismo en el que se movió, le impidió ver que la naturaleza es el hogar, la Casa Común de todos los seres humanos, que también tiene sus derechos, si bien no respetados, y que sufre por la depredación a la que es sometida por mor del paradigma de desarrollo científico-técnico de la modernidad; una depredación que también perjudica a la humanidad.

Límites y carencias

Junto a los avances y los silencios hay que destacar también los límites. Los más importantes son: el carácter eurocéntrico del Concilio Vaticano II, la insuficiente atención prestada al desafío de la pobreza, sobre todo en el Tercer Mundo, y la no centralidad de la opción por los pobres. El horizonte cultural y social en el que se movió el Concilio II fue la modernidad europea. La problemática que preocupaba a los padres conciliares era la crisis de Dios en el mundo occidental y el fenómeno de la increencia en sus diversas manifestaciones: increencia religiosa, agnosticismo, ateísmo. El destinatario del Concilio fue el “hombre europeo”, a quien se pretendía hacer creíble el mensaje cristiano. Fue un concilio preferentemente para el Primer Mundo.

En su análisis de la realidad y en su orientación pasó a segundo término la dialéctica desarrollo-subdesarrollo, pobreza-riqueza y no se prestó la atención debida a las mayorías populares del Tercer Mundo como destinatarias privilegiadas del anuncio de la Buena Noticia de salvación.

Tampoco jugó un papel central la opción por los pobres como verdad teológica, enraizada en el misterio del Dios de los pobres, como verdad cristológica que tiene su base y fundamento en Jesús de Nazaret, el Cristo liberador, y como actitud ético-evangélica en la lucha contra la pobreza.

En este tema se produjo una desviación del camino trazado por Juan XXIII en el discurso preparatorio del Concilio del 11 de septiembre de 1962 en el que afirmó: “La Iglesia se presenta para los países subdesarrollados, como es y quiere ser: como la Iglesia de todos y, particularmente, la Iglesia de los pobres”. Idea que posteriormente desarrolló el Cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, en un memorable discurso pronunciado en la primera sesión del Vaticano I, donde dijo: “El tema de este concilio es la Iglesia en su aspecto principal de ‘Iglesia de los pobres’.

La opción por los pobres fue asumida por la Iglesia en América Latina en la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín en (Colombia) en 1968, se convirtió en guía y horizonte del cristianismo liberador, fue elaborada por la teología de la liberación como principio teológico por excelencia y puesta en práctica por las comunidades eclesiales de base a través de compromiso con los sectores más vulnerables de la sociedad.

El largo invierno de la Iglesia católica

La primavera del Vaticano II fue muy corta. Al carismático y profético Juan XXIII, que puso en marcha el Concilio desafiando a la Curia Romana, le sucedió Pablo VI, persona abierta al diálogo, aunque muy dubitativa, sensible a los problemas de su tiempo, aunque hombre de curia. Continuó la iniciativa de Juan XXIII y la llevó a feliz término buscando el consenso entre posiciones enfrentadas, pero con las limitaciones antes expuestas, que fueron acentuándose según avanzaba su pontificado.

Durante los tres lustros de gobierno de la Iglesia de Pablo VI hubo avances y retrocesos, evolución e invilución. Entre los primeros cabe citar las encíclicas Ecclesiam suam, Popularum progressio y Octogesima adveniens; los discursos ante la ONU y ante la OIT; los Sínodos sobre la Justicia y la Evangelización; en el terreno ecuménico, el encuentro con el patriarca Atenágoras. Entre los segundos están: la encíclica Humanae vitae, el Credo del pueblo de Dios, los procesos contra los teólogos, algunos de los cuales habían participado como asesores en el Concilio Vaticano II, como Bernhard Häring, Edward Schillebeeckx. Hans Küng, uno de los teólogos más creativos, a quien la Congregación para la Doctrina de la Fe retiró el reconocimiento como teólogo católico.

Con Juan Pablo II y bajo la guía ideológica del cardenal Ratzinger al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, primero, y con Benedicto XVI, después, avanzó la involución y se puso en marcha un calculado programa de restauración, que vació el Vaticano II de todo contenido reformador. He aquí algunas de sus manifestaciones:

. Se reforzó la índole jerárquico-papal de la Iglesia, se desactivó la dimensión comunitaria y se impuso un gobierno personalista, vaciando de contenido la colegialidad episcopal e impidiendo la participación de los cristianos en la vida de la Iglesia.
. Se acentuó el carácter dogmático y la ortodoxia en detrimento de la dimensión simbólica, ética y crítica. La teología dejó de ser teoría crítica para convertirse de nuevo en apologética al servicio de la institución eclesiástica.

, Se frenó la investigación teológica, se limitó la libertad de cátedra de los teólogos y las teólogas y se condenaron no pocas corrientes teológicas emanadas del Vaticano II que defendían el diálogo con las culturas, las religiones y la ciencia, y la centralidad de la praxis liberadora del cristianismo. No pocos teólogos y teólogas fueron apartados de la docencia teológica bajo la acusación de desviaciones doctrinales graves.

. Se sustituyó a los obispos conciliares por obispos fieles a la tendencia neoconservadora del Vaticano.
. Se pasó del diálogo al monólogo y al anatema, de la actitud inter a la anti, del pensamiento crítico al pensamiento único, de la tolerancia y el respeto al pluralismo a la condena, del Cristianismo a la Cristiandad.

Con Benedicto XVI (2005-2013): Se volvió al eclesiocentrismo excluyente.
. Se restauró la misa en latín conforme al rito latino.
. Hubo ausencia de un magisterio social crítico con el neoliberalismo y solidario con los movimientos sociales.
. Persistieron las condenas contra la homosexualidad.

. Se condenaron indiscriminadamente las investigaciones científicas.
. Se hicieron graves acusaciones de “feminismo radical” y de excesiva preocupación por la justicia social contra la Leaderschip Conference of Women Religious –principal organización de religiosas de Estados Unidos que representa el 80 de las monjas norteamericanas-.
. Se condenó a teólogas de orientación feminista como las religiosas Margaret Farley, profesora de teología en la universidad de Yale (USA), y Elisabeth Johnson, profesora de la universidad de Fordham (USA).
. Se readmitió a los lefebvrianos sin exigirles fidelidad al Concilio Vaticano II y se establecieron negociaciones para concederles el estatuto de prelatura personal.

. Salieron a la luz las enconadas luchas por el poder en el Vaticano.
Estas manifestaciones, a las que hay que sumar los escándalos de la pederastia y otras actuaciones poco testimoniales de la jerarquía católica y de algunos católicos encaramados en las cúpulas del poder político económico y político, han desembocado en una más que bien ganada pérdida de credibilidad hacia la Iglesia católica, hasta el punto de que, entre los jóvenes españoles es ahora mayor el número de no creyentes que el de creyentes y de que solo el 3% manifiesta tener confianza en ella.

Cincuenta años después hay razones para la Indignación

El relato anterior justifica las razones para la Indignación hacia la Iglesia católica como institución y hacia no pocos de sus dirigentes. Por eso, cristianos y no cristianos aplican a un importante sector de los jerarcas católicos lo que los Indignados congregados en las plazas de todo el mundo dicen de los políticos, y con más razón, si cabe: “”Que no, que no nos representan, que no”, “no somos mercancía en manos del papa y de los obispos”

La indignación nace como reacción frente a la negación de la dignidad de que han sido objeto los ciudadanos y los pueblos por parte de sus dirigentes, gobernantes, poderes económicos, financieros, etc. Lo expresa muy certeramente el poema de Antonio Casares: “Cuando no hay dignidad, nos indignamos,/ cuando hay indignidad,/ nos indignamos,/ si se resignan, no nos resignamos,/ si nos hacen hacer,/ nos levantamos./ Si nos quieren dejar,/ no nos dejamos,/ si nos quieren callar, no nos callamos,/ si nos quieren echar, no nos marchamos,/si nos quieren domar,/ nos rebelamos./ Cuando quieren mentir, no les creemos,/ les queremos decir lo que decimos,/ y queremos pensar lo que pensamos./ Si nos quieren parar, no pararemos,/ y queremos sentir lo que sentimos,/ y queremos soñar lo que soñamos”.

En el caso del cristianismo, la Indignación es la reacción justificada frente a la negación de la igual dignidad de todos los cristianos por parte de quienes se consideran dotados de una dignidad superior por el orden sacerdotal o episcopal, frente al establecimiento de jerarquías que no tienen base alguna en Jesús de Nazaret y frente a la tendencia de determinados sectores a considerar la Iglesia como su finca privada, en la que solo admiten a quienes acatan sus normas y de la que expulsan a quienes se muestran críticos. La Indignación está más justificada todavía en el caso de las mujeres cristianas, a quienes se les niega su dignidad humana y cristiana, al ser tenidas como objetos en manos de los eclesiásticos varones y “vientres reproductores” y no ser reconocidas como sujetos morales, eclesiales, sacramentales, teológicos.

Los cristianos y las cristianas poseen otros motivos para sentirse indignados: la consideración de comparsa que tiene de ellos la jerarquía por la falta de democracia en la Iglesia católica y por la negación de los derechos humanos en su seno. Ahí radica una de sus más graves contradicciones: reconoce la democracia en la sociedad y no la practica en su seno; defiende los derechos humanos en la esfera pública y los desconoce y transgrede en su interior. Si los Indignados tienen razón al afirmar que “un voto cada cuatro años no es democracia”, cuánta más no tendrán los cristianos y las cristianas que luchan por una Iglesia democrática bajo el principio de “un cristiano, una cristiana, un voto”.

… Pero también para la esperanza
Pero también hay razones para la esperanza, y las aporta el propio Vaticano II en algunos de sus textos más bellos. Una es la llamada a la solidaridad con las experiencias de los seres humanos, especialmente con sus sufrimientos: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son a la vez los gozos y esperanzas, tristezas y angustia de los discípulos de Cristo” (GS, 1).

Otra, no menos radical y profunda, es la convicción compartida por creyentes y no creyentes de que “todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del ser humano” (ibid., 10). Con todo hay aquí una concepción antropocéntrica del ser humano que es necesario cuestionar y superar. Es necesario defender por igual los bienes comunes de la Tierra y de la Humanidad. Las creencias o las increencias no deben ser motivo de división a la hora de construir un mundo más justo y solidario. “El reconocimiento de Dios –dice el Concilio- no se opone en modo alguno a la dignidad humana” ya que “es Dios creador el que constituye al ser humano inteligente y libre en la sociedad”. Más aún, la esperanza cristiana, dice a renglón seguido, “no merma la importancia de las tareas temporales, sino que, más bien, proporciona motivos para su apoyo y ejercicio” (ibid., 21).

En el Vaticano II no falta la autocrítica, ya que reconoce la responsabilidad no pequeña que corresponde a los cristianos en la génesis y desarrollo del ateísmo por haber descuidado la educación religiosa y haber hecho una exposición inadecuada del mensaje cristiano, y por la falta de testimonio en su vida religiosa, moral y social. El comportamiento de algunas instituciones religiosas aleja de la fe, más que acerca, y es causa del incremento de las diferentes formas de increencia, incluida la apostasía.

Motivos de esperanza son hoy las comunidades eclesiales de base, los movimientos de renovación, las organizaciones cristianas de solidaridad, la presencia de los cristianos y cristianas en los movimientos sociales y en las organizaciones populares, los movimientos de mujeres que luchan por una Iglesia inclusiva, fraterno-sororal, las experiencias de vida contemplativa que compaginan el ora et labora, las experiencias ecuménicas e interreligiosas.
Motivo de esperanza es igualmente el desarrollo de las nuevas teologías: teología política, teología de la esperanza, de la liberación, teologías feministas, teologías gays y lesbianas, teologías queer, teología del pluralismo religioso, teología decolonial, teología ecológica, teología económica de la liberación, teología indígena, teología africana, teología intercultural, interreligiosa e interétnica, etc.

La esperanza viene avalada también por el cambio producido en el papado tras la elección de Francisco, quien desde el principio hizo suyo el programa reformador del Concilio, expresó su deseo de crear una Iglesia pobre, ha condenado el capitalismo que considera injusto en su raíz (encíclica La alegría del evangelio), comparte las propuestas transformadoras de los movimientos populares, con quienes se ha reunido en el Vaticano y en Bolivia) y defiende el cuidado de la Casa Común como actitud fundamental de la ética ecológica (encíclica Laudato Si). A la vista de las resistencias de importantes sectores jerárquicos dentro de la Iglesia católica –algunos hablan de complot contra Francisco-, no sabemos si las reformas anunciadas llegarán a feliz término. Lo que sí creo necesario es prestarlas nuestro apoyo para lograr que se hagan realidad y no se remitan ad kalendas graecas.

Ir más allá

Hay que volver al Concilio Vaticano II, pero no con la mirada añorante que quisiera repetir hoy aquella experiencia en las mismas condiciones históricas, ya que ha cambiado el contexto en todos sus dimensiones: la situación mundial, la realidad económica, política, social, cultural, etc., sino para re-tomar y hacer realidad sus aportaciones más importantes en los terrenos de la teología, de la presencia de la Iglesia católica en el mundo, del diálogo con la sociedad, con las religiones, con las culturas de nuestro tiempo, y continuar las reformas que se congelaron poco tiempo después de su formulación y aprobación.

Hay que pasar por el Concilio, pero sin instalarnos cómodamente en él, ni quedarnos en la letra, sino interpretándolo creativamente. Es necesario reformular el lenguaje del Vaticano II, en buena medida superado, y elaborar nuevos relatos teológicos y nuevas narrativas religiosas acordes con los nuevos signos de los tiempos.
La mejor forma de ser fieles al Concilio es responder a los nuevos climas culturales y a los desafíos actuales: globalización neoliberal y movimientos alterglobalizadores; pobreza estructural y crecimiento de la desigualdad y movimientos de lucha contra la pobreza; colonialismo y procesos de descolonización; patriarcado y movimientos feministas; homofobia y movimiento LGTBI; fundamentalismos y diálogo interreligioso; choque de civilizaciones y diálogo entre culturas; xenofobia y movimientos de hospitalidad; depredación de la naturaleza y movimientos ecologistas; cultura líquida y teoría de la complejidad; pensamiento único y pluralismo; injusticia cognitiva y reconocimiento de las culturas originarias; sociología de las ausencias y sociología alternativas de las emergencias; epistemicidio y diálogo simétrico de saberes; teología neoliberal del mercado y ética liberadora de las religiones; secularización y retorno de las religiones, etc.

La actitud ha de ser de apertura al cambio de era que estamos viviendo, con actitudes éticas que llevan al compromiso por la liberación de las mayorías populares excluidas (continentes enteros, regiones, pueblos…) en colaboración con los movimientos sociales que trabajan colectivamente por una sociedad intercultural, interreligiosa, e interétnica más justa, que ha de traducirse en “otro mundo posible”.

Como decía al principio, hay que reconocer la importancia del Concilio Vaticano II como uno de los acontecimientos religiosos más significativos e influyentes del siglo XX con repercusiones muy relevantes en los diferentes campos del saber y del quehacer humano. Pero hay que traspasarlo e ir allá, recordando lo que el poeta Walt Whitman dice de la utopía:

“Antes del alba, subí a las montañas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas la cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.

Juan José Tamayo, Director de Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuria”. Universidad Carlos III de Madrid
dic082015

Enviado a la página web de Redes Cristianas

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