Rossana Stanchi, L. Giussani, la educación como introducción a la realidad total, Libro Anual del ISEE 2007

El proyecto educativo de Luigi giussani

1. El ambiente cultural de la segunda mitad del siglo XX

Es preciso empezar una exposición sintética sobre la concepción educativa de monseñor Luigi Giussani con un bosquejo de algunos rasgos del ambiente cultural y social particularmente relevantes en la segunda mitad del siglo XX, así como fueron percibidos y explicitados por él mismo a lo largo de su obra.

Quiero aclarar que la extrema atención hacia el “ambiente”, para usar un término que el autor emplea a menudo en sus escritos, caracteriza fuertemente la personalidad y por consiguiente la obra de Mons. Giussani . Esta aguda sensibilidad había sido educada en el pequeño Luigi ya desde la infancia, en la familia y después en los años del seminario, en Venegono . A lo largo de toda su vida y en toda su obra se ve de manera clara el diálogo constante, atento y profundo, respetuoso y siempre apasionado con todos los principales representantes de la cultura, de la filosofía, de la literatura y del arte tanto de nuestro siglo como de los anteriores . En una conferencia pronunciada durante el año 1985 en algunas universidades europeas y americanas, Giussani traza,de manera clara y sintética, el
recorrido histórico que ha llevado el hombre contemporáneo a la grave dificultad en vivir una conciencia religiosa auténtica. Empieza su exposición citando uno de sus autores preferidos, el poeta inglés Thomas Stearns Eliot, que en el séptimo de sus Coros de la Piedra, escribe:

…parece que ha pasado algo que no había pasado nunca: aunque no sabemos
bien cuándo, ni por qué, ni cómo, ni dónde.
Los hombres han dejado a Dios no por otros dioses, sino por ningún dios; y
eso no había ocurrido nunca,
Que los hombres a la vez negasen a los dioses y adorasen a dioses, profesando
primero la Razón, y luego el Dinero, y el Poder, y lo que llaman Vida, o Raza,
o Dialéctica.
La Iglesia renegada, la torre derribada, las campanas volcadas, ¿qué tenemos
que hacer sino estar parados con las manos vacías y las palmas hacia arriba en
una edad que avanza progresivamente hacia atrás ? …
Estéril y vacío. Estéril y vacío. Y tiniebla sobre la faz de lo profundo.
¿Ha fallado la Iglesia o la humanidad, o la humanidad ha fallado a la Iglesia?
Cuando a la Iglesia ni se la considera ya, ni se oponen siquiera a ella, y los
hombres han olvidado a todos los dioses excepto la Usura, la Lujuria y el Poder .

“Creo que este fragmento poético, escrito hace cerca de 50 años,” –comenta Mons. Giussani– es una descripción profética de la situación religiosa en que vive la mayor parte de los hombres de nuestro tiempo. […] situación […] que tiene una influencia en su mentalidad, en su corazón, en su gusto moral y en sus posibilidades de esperanza” .

Era el año 1985 y en Europa ya no faltaba mucho para que cayera el último baluarte de una de las grandes ideologías que habían ocupado de manera significativa toda la escena del siglo XX: el comunismo . Al final de su recorrido
histórico, en el que muestra de qué manera, por etapas distintas, se pudo llegar al tipo de hombre descrito por Eliot en el fragmento citado, Giussani menciona ya la decepción que se había vivido frente a las grandes ideologías del siglo XX. Frente el desastre de los hechos: dos guerras mundiales y la destrucción causada por la bomba atómica, la humanidad ya vislumbraba un nuevo salvador: en lugar de las ideologías se tornaba ahora hacia la ciencia y la técnica, como las únicas herramientas con las que el hombre hubiera podido controlar y dominar por completo la realidad, en todos sus aspectos tan contradictorios.

Esta nueva ilusión no logra evitar que el hombre viva un “desconcierto psicológico”, –afirma Giussani– signo de lo que él define como “antropología de la disolución” .

¿Qué es esta “antropología de la disolución”? ¿De qué se trata?

La razón racionalista, es decir la razón entendida como medida de todas las cosas, ha llevado al hombre a un gran desconcierto: desconcierto frente a los fracasos históricos mencionados, frente a la posibilidad –ampliamente demostrada precisamente a lo largo del siglo XX– de autodestruirse y finalmente desconcierto frente a una herencia todavía culturalmente presente y sin embargo ya percibida ajena, por el hombre de la segunda mitad del siglo XX. Baste considerar cuanto sigue: en 1951 se había otorgado el Premio Nobel de literatura al poeta y novelista Par Fabian Lagerkvist, por su novela Barrabás. Se reconocía en esta novela el “emblema del hombre europeo”, que reconoce en el cristianismo la fuente de sus valores, se ve salvado, como el ladrón Barrabás por Cristo, pero no logra ya creer en Él. Este hombre se ve salvado por un Extraño en el que no cree, y tampoco cree ya en sí mismo y en sus propias posibilidades; no hay ya ideal por el cual valga la pena sacrificarse –como dice Malraux– “…porque conocemos las mentiras de todos nosotros, nosotros que no sabemos en qué consiste la verdad” . Para este hombre Dios se ha vuelto tan extraño que es un peso inútil.

Enseguida, Giussani identifica algunas categorías fundamentales de la psicología de este hombre contemporáneo: es un hombre que ha perdido el gusto de vivir, que es incapaz de ser él mismo y por esto “busca refugio en sistemas, en
ideologías, en las que no se vea implicado lo que él es como hombre, como «yo»” que, no reconociéndole ya algún significado, no ve la utilidad del instante ni del tiempo y así es un hombre solo, “libre para nada” y por el cual, al final, también las cosas se convierten en nada .

La razón racionalista, vaciando o reduciendo las preguntas típicamente humanas, las preguntas por el significado de la realidad y de la vida, lleva a graves consecuencias culturales y deja el hombre en una situación sumamente peligrosa: “El hombre pierde el control de sí, de la entereza de sus factores. Es como si fuera un conductor que pierde el control de su coche y éste le apresara en sus dinamismos previamente originados por él, o mejor, le tomara la delantera en una carrera sin dirección y expuesta a cualquier choque” .

En muchos casos este hombre todavía se da cuenta de una pregunta que lleva en sí, pero ya no sabe para qué está y a dónde lo lleve. Por eso, como se decía, busca refugio en sistemas en los que no se vea implicado como “yo”: las ideologías o la técnica, o el partido, o el grupo. Sin afirmar o, mejor, sin siquiera buscar un significado su personalidad pierde fisonomía y la anulación de la personalidad lleva consigo el desenfoque del sentido del pasado. Así, el yo medida de todo, se encuentra sólo: a partir de la Ilustración ha cortado los lazos con el pasado y termina condenado a la soledad de su pura reacción momentánea . Por haber querido afirmar su libertad de cualquier vínculo, se encuentra solo, dudando de la misma consistencia de la realidad –pensemos en Sartre–,como si la realidad misma no lograra convencerlo de su propia existencia ; se convierte en nada. Es más: él hombre mismo, en un trágico juego de orgullo, la niega . Y es así como en las últimas décadas del siglo XX se conoce “…un nihilismo que ni siquiera conserva el sentimiento trágico de la derrota que lo motiva, sino que más bien lo disimula reduciendo engañosamente todo a juego, a arbitraria invitación al escepticismo y a la ligereza moral” . He aquí la “antropología de la disolución” .

Consecuencias de las posturas irrazonables ante el interrogante último.

Frente a esta disolución, afirma Giussani, el único remedio parece ser, por un lado, un compromiso voluntarista –a nivel del hombre singular– y por el otro, por lo que atiene a la convivencia social, el poder del estado .

2. En esta situación, ¿de dónde empezar?

El premio Nobel de literatura en 1980, el polaco Milosz, decía: “Se ha logrado hacer comprender al hombre que si vive es sólo por gracia de los poderosos. Piensa, pues, en beber tu café y en cazar mariposas; a quien ame la res pública se les cortarán las manos” , y algunos años después observaba Mons. Giussani: “Existe una fortísima presión del mundo que nos rodea (a través de los medios de comunicación de masas, pero también por medio de la escuela o la política) que influye en nosotros y acaba por impedir –en forma de prejuicio– cualquier intento de tomar conciencia de nuestro propio yo. Paradójicamente, si nos aplastan un dedo en el tranvía o en la escuela, reaccionamos enseguida […] Pero si, como suele ocurrir, es nuestra personalidad, nuestro yo, lo que resulta aplastado […] lo soportamos tranquilamente todos los días” .

En esta situación, ¿Por dónde volver a empezar? Giussani no tiene duda: hay que empezar por el yo Pero, ¿cómo rescatarlo de esta confusión en que se encuentra?

En 1954, dejando la enseñanza de teología en el seminario diocesano de Venegono, había entrado en la escuela preparatoria para –dirá muchas veces en los años siguientes– defender la razón. En una escuela que –según la ideología liberal– pretendía ser neutral y laicista él muestra que sólo un acontecimiento puede despertar el yo . Se vivía en aquellos años en la convicción que la iglesia fuera todavía una presencia sólida en la sociedad italiana pero Mons. Giussani se dio cuenta de inmediato, al entrar en la preparatoria, que lo que se veía era sólo el “resultado de un pasado aún no descompuesto por el ataque que a todas luces ya se estaba preparando activamente en […] la escuela y la universidad” . Se vivía –según sus palabras– en un “equilibrio falso, mantenido solamente por el respeto formal de leyes y costumbres en las que ya no se creía” y que en efecto el movimiento estudiantil pocos años después, en 1968, habría puesto en tela de juicio y en gran parte rechazado.

Comenta Giussani, hablando de sus primeros años de enseñanza en liceo milanés Berchet: “Así comenzamos: hablando de Cristo; tratando de afrontar todos los problemas a partir de un punto de vista cristiano, del que nos parecía ser el punto de vista de la palabra de Cristo autentificada por la tradición y el magisterio de la Iglesia; y juntándonos con vistas a este proyecto” .

Para que el yo vuelva a encontrarse a sí mismo, debe toparse con una presencia viva, que sea capaz de interesarlo hasta el punto de despertar en él un atractivo y, de esta forma, “arrastrar” consigo el meollo de la personalidad
humana que es la libertad, con su capacidad afectiva de adhesión. Esto es el acontecimiento vivo de Cristo ya que, como escribirá años después: “nada hay tan conmovedor como el que Dios se haya hecho hombre para prestarnos la
ayuda definitiva, para acompañarnos con discreción, ternura y poder en el camino fatigoso de cada uno para buscar su propio rostro de hombre” .

Treinta años después, en 1987, en un encuentro con un grupo de universitarios, Mons. Giussani registra la situación ya como totalmente cambiada. Se acabó la época de las ideologías y de los grandes movimientos sociales causados
por ellas. Desde hace algunos meses había acontecido el grave accidente nuclear en el reactor 4 de Chernobyl, en Bielorrusia , y Mons. Giussani, en un encuentro con universitarios, habla precisamente de un curioso “efecto Chernobyl” acontecido también en la conciencia humana y particularmente vistoso en los jóvenes de aquel momento: algo parecido a la reciente explosión nuclear ha tocado las nuevas generaciones.

Percibe una diferencia respecto a la generación que había encontrado en la escuela en los años 50. La diferencia –explica– consiste en una debilidad de conciencia, no en una debilidad ética. “Es como si todos los jóvenes hubiesen
padecido una enorme explosión nuclear: su organismo, estructuralmente es como antes, pero dinámicamente ya no lo es; ha habido un gran plagio fisiológico, operado por la mentalidad dominante. Es como si no hubiera ya ninguna evidencia real más que la moda, que es un concepto y un instrumento del poder” . La mentalidad dominante, la cultura que invade por doquier, el poder, logran extrañar a las personas de si mismas. Por un lado el hombre se queda abstracto en la relación consigo mismo, como extrañado de sí mismo y afectivamente es como descargado; los jóvenes –dice– “son como pilas que, en vez de durar horas, duran pocos minutos; por otro lado, y por contraste, intentan refugiarse, como protección, en una comunidad” .

La situación va cambiando rápidamente, pero el problema se queda el mismo: Si la evidencia más convencedora –en el momento– parece ser la moda, ¿dónde puede la persona encontrarse a sí misma? O, dicho de otra forma,

3. ¿Qué es el yo? y ¿cómo se descubre?

En la respuesta a este problema vemos la radical discrepancia entre nuestro autor y la concepción racionalista progresivamente madurada a lo largo de los últimos cinco siglos . Para Giussani el problema no se resuelve con un
análisis, ni con una reflexión hecha en base a categorías previamente establecidas y fijadas por una razón que mide. Él se apega a un realismo, claramente declarado desde la primera premisa de la obra principal en la que expone su concepción antropológica y afirma claramente que el yo se descubre en la experiencia . Para evitar cualquier abstracción posible, y la cesión fácil, y normalmente inconsciente, a la mentalidad culturalmente dominante, a la moda o a las ideologías, específica que el yo se descubre cuando está en acción. Para todos es fácil de hecho observar
como “la acción descubre el talento, el factor humano” .
En uno de los primeros textos, nacido en el diálogo con grupos de estudiantes, y editado en Italia en 1960, escribe que para encontrar a Cristo es indispensable plantearse seriamente el problema humano, “tenemos que abrirnos
a nosotros mismos (…), darnos cuenta vivamente de nuestras experiencias, mirar con simpatía lo humano que hay en nosotros” . Y para descubrir qué es lo humano el hombre tiene que mirar a la humanidad que hay en él, porque sólo dentro la experiencia se desvela cuál es la naturaleza del yo y, también, cuál es la naturaleza de la realidad.

Ahora bien, ¿qué se entiende por experiencia?

Seguramente no es lo que un empirista definiría como tal; para Mons. Giussani la experiencia no se puede, de ninguna manera, reducir a un simple probar cosas. Algo que se vive, para ser experiencia, necesita una valoración
ya que “sin una capacidad de valoración el hombre no puede tener ninguna experiencia” .

“La persona –afirma– es ante todo conocimiento. Por eso lo que caracteriza a la experiencia no es tanto el hacer, el establecer relaciones con la realidad de un modo mecánico…sino es el entender una cosa, descubrir su sentido” . La experiencia coincide por lo tanto, con el juicio dado sobre lo que se prueba.

Ahora bien, para juzgar se necesita un criterio. Este criterio el hombre puede tomarlo desde afuera –y entonces inevitablemente vuelve a recaer en el criterio dictado por la moda, o por los filósofos, los sabios, los padres, los guías, el periódico, etc.– y entonces terminará alienado, o el criterio está en el hombre mismo.

Aquí parece que nos estamos acercando al racionalismo, por el cual la conciencia es algo autónomo, que define lo que es verdadero y establece sus propios criterios. Pero no debemos olvidar que antes ya hemos hablado de realismo, y Giussani observa que, puesto que el hombre antes de ser no era, no puede darse autónomamente un criterio de juicio; por lo tanto este criterio está en el hombre, pero le es dado.

La experiencia entonces consistirá en probar y vivir cosas, juzgando todo con este criterio inmanente y dado al hombre. Finalmente el emitir un juicio será un acto de dependencia original para el hombre y no la afirmación de una pretendida autonomía .

Hay que profundizar un paso más: ¿qué es este criterio dado?

Giussani lo define como un “rostro interior”, común a cada hombre nacido en cualquier tiempo, raza, pueblo o cultura. Lo define como “un conjunto de exigencias y evidencias con las que el hombre se siente impelido a confrontar todo lo que existe”. Se trata de exigencias “de tal modo originarias que todo lo que el hombre dice o hace depende de éstas”. Este “rostro interior” o, como lo llama la Biblia, este corazón “es el impulso original con que el ser humano se asoma a la realidad, buscando ensimismarse con ella mediante la realización de un proyecto que dicte a la misma realidad la imagen ideal que lo estimula desde dentro” .

En la experiencia se desvela por lo tanto cuál es la naturaleza del yo y también cuál es la naturaleza de la realidad. La persona, que –como hemos mencionado– es ante todo conocimiento, de esta forma conoce.

Ahora bien, nuestro autor observa muchas veces como es fundamental que el hombre, para descubrir su yo, se comprometa a fondo con la realidad: tanto con lo que tiene en frente cuanto con la realidad de su propia humanidad.

Y ¿qué descubre el hombre en este compromiso?

Antes que nada se percata de que las cosas están; también la realidad originalmente es dada y el percatarse de esto es todo menos que una constatación fría e indiferente por parte del hombre. Este percatarse es más bien parecido a la maravilla de la que habla Aristóteles explicando el origen de la filosofía .

La realidad, el ser de las cosas llena el hombre de maravilla y lleva en sí, para él, un atractivo. Se podría decir que hay como un “pegamento” sobre las cosas, así que estas atraen al hombre y, de alguna manera, le invitan a adherirse
a ellas. Este atractivo se revela ya en las sencillas preguntas «¿qué es?, ¿de qué se trata?» que la realidad, atentamente observada, despierta en el hombre. Estas preguntas expresan de hecho la postura natural con la que el ser humano entra en el mundo; es una postura que se hace evidente en la expresión más sencilla de la humanidad, la del niño, y en la expresión más genial, que es la del verdadero científico .

Así, por lo tanto, mirando la realidad el hombre se da cuenta de sus propias exigencias; estas exigencias originales dadas –exigencia de belleza, de verdad, de satisfacción– empujan al hombre a ir hacia lo que tiene en frente, a adherirse a la realidad, a entrar dentro de ella para conocerla –esto se ve expresado en la pregunta ¿qué es?–, para utilizarla –¿cómo la realidad podrá ser más favorable para mí? –, para disfrutarla.

La realidad despierta en el hombre una infinidad de deseos, de imágenes, que le sugieren,como hemos visto,“…proyectos que dicten a la misma realidad la imagen ideal que lo estimula desde dentro”. El hombre es empujado a dar forma a la realidad, según imágenes que la misma le sugiere .

El hombre desea ser feliz, satisfecho, pleno, cumplido, desea un bien para sí y todos estos deseos lo empujan hacia lo que ve, en búsqueda de algo que pueda corresponder a sus deseos.

Pero la experiencia de enseñanza en la escuela pública ha hecho evidente a Giussani como una escuela liberal, supuestamente neutral, forma jóvenes escépticos e desinteresados a la realidad, incapaces de comprometerse verdaderamente con algo más allá de cuanto pueda resultarles agradable; las ideologías han reducido el horizonte de la realidad a puntos de vista parciales y en esto han mostrado su insuficiencia frente a la realidad misma. El racionalismo por su parte, olvidando y después rechazando la dependencia original del yo, niega el asombro original
frente a la realidad . La libertad se queda así fluctuante en el vacío.

4. La educación: introducción a la realidad total

Hemos visto un yo reducido, la razón reducida a medida y la libertad sin objeto. Ante él, lo imprescindible es educar al hombre a vivir lo real en su totalidad.

Si comprometerse con la realidad es fundamental para despertar el yo con todas sus exigencias, hay que relevar que este compromiso no es algo espontáneo o que pueda mantenerse espontáneamente. En esto es fundamental el papel de la educación. Mons.Giussani entiende la educación precisamente como una “introducción
a la realidad total”.

Introducción a la realidad en cuanto la realidad es para la educación como la meta para el camino, determina integralmente el movimiento educativo, paso a paso y en su objetivo final También aquí vemos el realismo, que parte de un dato: el ser es dado. Y, especifica, a la realidad total, en donde “total” indica tanto “el desarrollo de todas las dimensiones que constituyen al individuo y la totalidad de sus relaciones ambientales.” cuanto la realidad conocida hasta su significado, en cuanto “la realidad no se afirma nunca verdaderamente si no se afirma la existencia de su significado”. Se necesita, antes que nada, una educación de la razón.

a) En abierta polémica con la concepción laicista moderna, para la cual la personalidad sería resultado de una espontaneidad evolutiva, sin alguna necesidad de regla o guía fuera de la persona misma, Mons. Giussani indica en la lealtad con la tradición la posibilidad de certeza para un joven y para el constituirse de una sólida personalidad. Es indispensable, en la educación, presentar al individuo una idea adecuadamente sólida del significado de la realidad. Esta le servirá como hipótesis de trabajo para enfrentar la vida con todas sus solicitaciones, sus encuentros y sus múltiples circunstancias. Ahora bien, o esta hipótesis se la “inventa” el individuo o, como se afirma en la concepción moderna y abstracta del hombre, éste la elige después de haber conocido, analizado a fondo y evaluado varias hipótesis o, también esta hipótesis, es dada. Es evidente que sólo en este tercer caso es posible para cualquier persona, aunque la más sencilla o la menos favorecida por circunstancias socioeconómicas vivir con plenitud la aventura de la vida y de la propia educación, mientras que en los primeros dos casos, los supuestos por la mentalidad dominante, sería indispensable, en cierta medida, ser “intelectuales”.

También aquí la disyuntiva está entre la afirmación de una autonomía, que como hemos visto es propia del hombre moderno, o se afirma una dependencia. Mientras el racionalismo elige la autonomía de un hombre abstractamente
concebido, Giussani –en nombre del realismo– afirma una vez más la necesidad
de una lealtad con lo que es dado. Sólo esta lealtad, que afirma un punto de partida positivo –¡existe una explicación de la realidad!– lleva el hombre a la certeza y le rescata del escepticismo y del cinismo.

b) Segunda urgencia de la educación.

Como ya habíamos observado, al recorrer la biografía y la experiencia de Mons. Giussani, este pasado que es la tradición puede proponerse sólo si se presenta de manera viva, es decir dentro una vivencia del presente que subraye continuamente su correspondencia con las exigencias últimas del corazón humano. Solamente esta vivencia puede y debe –en el sentido que “tiene el deber de”– proponer el pasado.

Es esta la idea de autoridad: “autoridades” son hombres vivos, llenos de conciencia de la realidad, “puntos en que la tradición es más consciente” con los que el joven se topa y que son responsables de su educación. En esta idea de autoridad se ve otra vez la diferencia fundamental entre Giussani y la mentalidad dominante. Desde hace por lo menos tres siglos el hombre moderno vive una hostilidad hacia la autoridad; la concibe como algo extraño a él –que es totalmente autónomo en su conciencia racionalmente entendida–, un límite impuesto por fuera y del cual, por consiguiente, hay que liberarse.

Mons. Giussani, a partir de la experiencia, define la autoridad como “mi yo más verdadero”, que “ejerce un atractivo inevitable y provoca adhesión”. Su función en el proceso educativo es esencialmente una función de coherencia, no entendida en sentido moral, cuanto como coherencia ideal, en el sentido de “un llamamiento continuo a reafirmar los valores últimos y al compromiso de la conciencia con ellos”.

c) Y finalmente, después de que una autoridad ha propuesto, a través de su propia experiencia e implicación con el educando, una hipótesis clara de significado de la existencia, a partir de la cual juzgar toda la realidad, es necesario
despertar en el joven un compromiso personal para que verifique esta hipótesis educativa.

No se da educación sin este paso decisivo, que es la “crítica”.

En una sociedad que concibe la razón como medida,también el compromiso personal queda inevitablemente atado a esta medida; en los jóvenes será fácilmente la medida de la instintividad, de lo agradable, de lo fácil e inmediato:
“¡…cuánta intensidad y sólida adhesión a la existencia (digo a la existencia, y no a una interpretación de ella) se necesita para seguir toda la voz de la realidad en su invitación por analogía a llegar a los valores personales….! –observa Mons. Giussani– Es natural que los jóvenes se paren pronto, incluso antes de empezar, si no se les ayuda a adherirse sinceramente a la existencia”, porque la exigencia del joven es antes que nada una exigencia racional.También a este acompañamiento está ligado, en parte, el riesgo de educar.

5. Razón y libertad, educadas, frente la realidad

El hombre serio con su propia humanidad, en este compromiso con la realidad total –que implica atención, tiempo, dedicación, sintonía con lo que se quiere conocer, sacrificio– llega a la experiencia que magistralmente describe el genio lírico de Leopardi, un poeta italiano del 1800, cuando en uno de sus Pensamientos escribe:

“(….) el no poder estar satisfecho de ninguna cosa terrena, ni por así
decirlo, de la tierra entera; el considerar la incalculable amplitud del
espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que
todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; imaginarse
el número de mundos infinitos, y el universo infinito, y sentir que ns
ánimo y nuestro deseo son aún mayores que el mismo universo, y siempre
acusar a las cosas de su insuficiencia y su nulidad, y padecer necesidades
y vacío, y, aún así, aburrimiento, me parece el mayor signo de grandeza y
de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana” .

Se da cuenta de que todo le atrae, pero nada logra interesarlo para siempre. El hombre consciente llega por lo tanto a sentir dolor, aburrimiento, cansancio, desinterés, angustia. Incluso en lo que más le atrae, que es la belleza de la mujer amada, se da cuenta de que algo parece escaparle de las manos. Escribe siempre conviene, o casi alegría como aval a las incoherencias personales. Pero una cosa necesita ver el joven en los padres, en el educador: la coherencia ideal. Cuando los padres insisten en ciertos valores y después, en la atención y en las sugerencias para el futuro, nunca toman en cuenta los valores que enfatizan, esto genera en el joven un escándalo, una herida que raramente puede ser sanada, ¡yo digo insanable! Porque el joven, antes que nada tiene una enorme urgencia lógica, racional “ traducción de: Introducción a la realidad total, Conferencia del 20 de junio de 1985, Milano.

Leopardi: “Rayo divino pareció a mi mente / tu belleza, mujer” y entonces el hombre se anima, y se lanza hacia la realidad intentando alcanzar lo que le atrae, pero se da cuenta de una equivocación: lo que desea y ama, –dice siempre Leopardi– “incluso en los abrazos”, no es la mujer sino “algo” que está dentro de la belleza misma de la mujer y que parece atraerlo hacia un punto más grande e inagotable de profundidad.

Una y otra vez la realidad, tanto en lo que es bello cuanto en lo que resulta doloroso, despierta deseos y preguntas que lanzan al hombre más allá del fenómeno que inmediatamente tiene delante de sus ojos.

La experiencia dice que nada corresponde por completo a su deseo de plenitud y, sin embargo, todo despierta en él un presentimiento de la plenitud posible. La realidad es un signo que lo atrae y lo lanza más allá de ella misma. Esta experiencia es constante, y es dramática en el sentido que pone en juego la libertad.

Ya en el uso que el hombre hace de la razón, para conocer la realidad, se pone a prueba su postura que, como hemos visto, una y otra vez Mons. Giussani sintetiza como disyuntiva entre “una apertura original del ánimo, una actitud original de disponibilidad y de dependencia o una autosuficiencia”. El hombre puede estar abierto de par en par frente a la realidad o con un brazo delante de los ojos para defenderse y no ver.

Resumiendo: hemos mencionado la necesidad de una educación de la razón, que: reconozca lealmente el dato de la realidad y ponga las preguntas típicamente humanas, las preguntas por el significado de la realidad misma; y la
necesidad de una una educación de la libertad que se abra y se comprometa con la atención necesaria para conocer, acepte el dato y se adhiera al signo que es la realidad, recorriendo todo el camino hasta llegar al significado.

Si el hombre nace naturalmente abierto ante lo real, esta apertura última debe ser constantemente educada para que permanezca como tal.“Esta capacidad de comprender, aunque sea connatural (al yo), no es algo espontáneo”, y no se puede mantener viva sin hacer nada. Es más, “reducir esta apertura última del espíritu, que es la verdadera religiosidad, a una pura espontaneidad es el modo más definitivo y sutil de reprimirla, de rebajarla exaltando sus aspectos fluctuantes y provisionales ligados a un sentimentalismo contingente”.

El camino educativo es por lo tanto una constante introducción a la realidad total, una solicitación a vivir siempre intensamente la realidad porque el yo es constantemente solicitado y permanece vivo, y crece y madura si vive intensamente la realidad,que continuamente vuelve a despertar la razón,una razón que se entiende como “afectiva”, es decir naturalmente interesada, apasionada y no indiferente ante las cosas. Es, finalmente, una educación continua de la libertad, para que permita a la razón amar la verdad más que su propia comodidad y los prejuicios dictados por esta, y que la entrene a la lealtad necesaria para recorrer todo el camino hasta el fondo, desde la sugestión con la que las cosas atraen hacia el descubrimiento de su verdadero significado.

Un yo educado para comprender lo que busca sabe que lo que le atrae es lo que está dentro la realidad, como intentaba explicar Leopardi en el caso de la mujer amada. Un yo educado a dejarse arrastrar por la naturaleza del signo que es la realidad puede llegar hasta el fondo de su compromiso con la realidad concreta, hasta donde, ya sea en el gusto o en el dolor, se asoma el Misterio, que desde dentro de la experiencia- le dice:“Soy yo lo que te falta en cada cosa que tú gustas”, como comentaba don Giussani a un grupo de universitarios. Educación de la razón y educación de la libertad.

Para un hombre educado así, a vivir toda la estatura de su razón que no se queda en el límite de la apariencia de las cosas sino llega hasta la pregunta por su significado, con la grandeza de su libertad, que se adhiere lealmente a las
condiciones con que se le presenta la realidad, en esta postura de dependencia última del Misterio, el acontecimiento de Cristo, presente hoy como hace dos mil años en una realidad humana, se vuelve un hecho interesante. Porque esto es la fe: “un acontecimiento y no una realidad intelectual u volitiva, es decir moralística”.

Mons. Giussani entró en la escuela con una pasión absoluta por la razón, que es apertura total a la realidad, hasta el punto último de su significado, que es el Misterio, y vivió 50 años, como él mismo dijo, apostando “ por la pura libertad”, es decir la capacidad de adhesión a la realidad que tiene el hombre.
Capacidad de adherir a la realidad hasta el punto último de dónde esta surge, que es el Misterio. Giussani educa a un hombre que, evidentemente, considera como “capaz de Dios”.

Rossana Stanchi. Libro Anual del ISEE 2007

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