M. Kehl, La Iglesia en tierra extraña, Selecciones de Teología

Hasta bien entrado el siglo XX todo el mundo estaba convencido de que la Iglesia había perdido el tren de la modernidad. Con el Vaticano II pareció que ,finalmente, lo iba a alcanzar. Pero la historia del postconcilio sugiere que se trataba más bien de un espejismo. Cierto que, sobre todo con la “Gaudium et Spes” y la libertad religiosa, parecía que se habían quemado muchas etapas. Pero, tras una primera euforia postconciliar, el día a día se encargó de devolvernos a la cruda realidad. Y la realidad es que, con las excepciones de rigor, entre la Iglesia y la cultura moderna se sigue practicando un diálogo de sordos, con el agravante de la presencia de un tercero en discordia: la cultura postmoderna. Todo esto ha producido, entre los cristianos
comprometidos con el Evangelio, la sensación irreprimible de quien se encuentra en un país extraño, cuya lengua se ignora y cuyas costumbres y modo de proceder chocan. Es lógico que esta situación, vivida ya con cierto dramatismo en los países de Europa Central, inspire páginas como las del libro de B. Rootmensen, que le sirve al autor del presente artículo de trama en la que trenzar sus propias reflexiones. Quienes se identifiquen con esta manera de sentir y de pensar sobre la coyuntura actual de la
Iglesia encontrarán en este artículo no sólo una mente lúcida que analiza implacablemente la realidad, sino también una mano hermana que abre una puerta a la esperanza.

Kirche in der Fremde. Zum Umgang mit der gegenwärtigen Situation der Kirche, Stimmen der Zeit 211 (1993) 507-520

El libro Cuarenta palabras en el desierto de Bernard Rootmensen, consiliario de estudiantes en Amsterdam, me causó un verdadero impacto. En cuarenta breves pero inspirados capítulos aplica la metáfora del desierto a la dramática transformación de la Iglesia en Europa Central: el nuevo pueblo de Dios es ahora arrancado de sus centenarias estructuras, como en su tiempo Israel, de Egipto. Tiene que hacer camino por sendas que se pierden en el desierto, procurando evitar un sinfín de falsos atajos. Ha de redescubrir fuentes de fe ocultas y oasis de esperanza, confiando en que, pese a las dificultades, Dios no abandona a su pueblo, sino que quiere guiarlo hacia nuevos e insospechados espacios vitales.

Estoy en gran parte de acuerdo con B. Rootmensen, aun cuando Holanda, en muchos aspectos, se haya adentrado ya en el desierto mucho más que nosotros. Y dando un paso más, desde mi perspectiva, quisiera destacar algunos “hitos”. Y esto, en la primera y segunda parte, con metodología más bien fenomenológica, para poder ver con claridad en qué punto exacto de este camino nos encontramos actualmente, en qué consiste nuestro desierto y cómo hemos ido a parar a él. Pero apunto sobre todo a la tercera parte, de carácter más personal-espiritual, en la que me pregunto: ¿qué podemos hacer, individual o colectivamente, para superar esa condición de “forasteros” con la debida dignidad humana y cristiana? ¿qué puede librarnos de esa penosa situación, de la amargura, el desánimo, los autorreproches exasperantes o la anatematización de los demás?

I. LO MODERNO COMO “FORASTERO”
¿Qué es lo que hace tan difícil nuestra vida actual como Iglesia y en la Iglesia, para que lo podamos denominar un auténtico “éxodo”? Estoy convencido de que lo que importa no son tanto nuestras dificultades domésticas intereclesiales: inmovilismo en las condiciones de admisión al ministerio eclesiástico, determinados nombramientos episcopales, el permanente centralismo curial, el trato dado a muchos fieles divorciados que se casan de nuevo o a ex-sacerdotes, la moral sexual, etc. Se trata, ciertamente, de hechos muy penosos y tristes, que dificultan e incluso impiden la actitud dialogal en el seno de nuestra sociedad, hasta el punto de que, ante estos “líos de Iglesia”, en la clase de religión o en la catequesis parroquial, en la pastoral juvenil o de adultos, apenas si es posible llegar al núcleo de nuestro mensaje. Y sin embargo, las verdaderas raíces de la crisis del cristianismo y de la Iglesia en Europa Central, son mucho más hondas, y afectan por igual a la Iglesia católica y a la evangélica, aquejada también por problemas internos ampliamente difundidos.

Mi tesis es que la supervivencia de la Iglesia está en estrecha relación con la de nuestra cultura “moderna” o “postmoderna”. Las grandes Iglesias se hallan inmersas en los fenómenos de crisis de nuestra cultura contemporánea y participan, por tanto, de su
problemática.

¿Qué significa “moderno”?
Sin entrar en el uso, tan dispar, del concepto “moderno” o “postmoderno”, desde la perspectiva sociológico-cultural quisiera resaltar una característica de nuestra época, que se autodenomina “moderna” o “postmoderna”: la variabilidad radical de todo -osas y estados-. Y esto, no como simple constatación del cambio incesante de nuestras relaciones socioculturales, sino haciendo hincapié en la “legitimación” de ese continuo cambio: es bueno y legítimo que todo cambie sin cesar. El espíritu del tiempo moderno es el “espíritu de la eterna revisión” (J. Burckhard).

La cultura moderna no legitima ya sus normas y valores, sus modos de comportarse o sus cambios, por la fuerza de la tradición. Ni siquiera, como en los años 60 y 70, por el cambio necesario de la historia y el futuro como “proyecto” hacia un estado ideal de la sociedad. Pues las grandes ideas que habían prometido la liberación de la humanidad y el logro de ese estado general de felicidad se han desmoronado, perdiendo rápidamente su fuerza persuasiva. De hecho, la emancipación universal de todo prejuicio institucional o tradicional, propia de la Ilustración, ha tropezado con la insensatez de nuestro proceder antiecológico, los fanatismos en el renaciente nacionalismo y la agresividad más brutal; la sociedad sin clases, liberada por el trabajo -en el régimen
socialista o comunista- ha conducido al rotundo fracaso de los sistemas reales de esta ideología; y el progreso hacia un bienestar general mediante el desarrollo del mercado libre, con la ayuda de las ciencias naturales y la técnica -en el capitalismo- se enfrenta al progresivo empobrecimiento de la población mundial, mientras crece el bienestar de una pequeña élite.

De ahí que la modernidad, en su fase actual, renuncie a sus promesas de progreso y asuma como propio el cambio constante, autolegitimado, hacia cualquier novedad. Apertura, flexibilidad, movilidad e innovación, son las virtudes que mejor corresponden a su autodenominación cultural. Pero siguen vacías de contenido, ya que el futuro no pasa de ser el “espacio de lo posible” para cuanto pueda servir, de algún modo, a una difusa mejora de la “calidad de vida”.

La experiencia fundamental judeo-cristiana
Para ver lo extraño que le resulta, a la fe cristiana, este sentido moderno de la vida, basta recordar que la experiencia judeo-cristiana se remite a un acontecimiento del pasado (éxodo, alianza y su culminación en Jesucristo), que, transmitido como señas de identidad del pueblo de Dios, se actualiza -en el anuncio, la liturgia y el servicio- y así abre un horizonte de futuro para el pueblo de Dios y, por su medio, para todos los hombres, sobre todo los pobres: la reconciliación de todos las cosas en el Reino de Dios, mediante su amor y su justicia.

Salta a la vista que las probabilidades de que su visión creyente de la historia sea aceptada por una cultura que se establece a sí misma como norma no pueden ser muy grandes. Pues ni la referencia a una tradición normativa, que constituye nuestra identidad como pueblo de Dios, ni la prontitud para ir avanzando paso a paso en esa comunidad tradicional de fe (la fascinación de lo siempre nuevo y de nuevas experiencias vitales es mucho más fuerte entre los jóvenes) ni la esperanza de salvación universal puede estribar hoy en la recia trabazón de unos valores culturales comunes y mucho menos en unos “ambientes sociales confesionales”, ambos en rápido proceso de desintegración.

Y cuanto más se debilitan esas estructuras culturales comunes y la fe cristiana se va reduciendo a una creencia personal de libre aceptación, tanto más se va convirtiendo ésta en la concepción religiosa de un grupo particular que debe ir aprendiendo
penosamente a superar su particularismo y su creciente aislamiento. La experiencia de que como pueblo de Dios somos extranjeros en este mundo, tan connatural a Israel y a la Iglesia antigua, se nos exige cada vez más.

Contra la demonización de lo moderno
Apenas si tiene sentido hoy en día que muchos círculos católicos sigan sintonizando nostálgicas elegías antimodernistas, como si la cultura moderna procediera, sin más, del maligno y no tuviera ningún punto de contacto con el mensaje cristiano. ¡De ningún
modo! También esta cultura está comprendida en la obra salvadora de Cristo, también a ella hay que predicarle el Evangelio con simpatía, también ella forma parte de la “peregrinación” de todos los hijos de Dios hacia el Reino prometido. Además, hay
valores centrales, característicos de la fase presente de la modernidad, totalmente compatibles con nuestras convicciones religiosas. Sí, incluso una cuestión tan seria como la que nos plantea la tolerancia respecto a otras convicciones: el admitir, por
principio, los valores del otro como otro, sin quererle imponer la felicidad con una falsa universalización misionera; el acentuar la propia conciencia como última instancia de decisión ética; el tener en gran estima la comunicación y la participación en todos los
procesos que conciernen al individuo, a la sociedad o al medio ambiente; la exigencia de libertad y autodeterminación en la propia opción de vida, etc. Estos valores, enraizados en la tradición cristiana de occidente, pero muy restringidos en los últimos
siglos de cristianismo, deben recobrar en la Iglesia su legítimo derecho de ciudadanía, si ésta no quiere convertirse en un gueto tradicionalista.

Pero el distanciamiento progresivo entre la cultura actual y la experiencia básica judeocristiana se refiere ante todo al reverso de esos valores modernos, o sea, al pluralismo de la policromía superficial (W. Welsch), que se manifiesta exuberante en la
superficialidad caprichosa, el individualismo egoísta, la fría indiferenc ia hacia los demás, la insolidaridad con el que sufre, el exagerado culto a la autorrealización, etc.

Mientras sea esa forma de modernidad la que siga caracterizando la conciencia de nuestro tiempo, la fe cristiana no será más que un cuerpo extraño inintegrable. Y esto nos conmina, en términos bíblicos, al éxodo del Egipto de nuestra cultura moderna, no a
una retirada total hacia nosotros mismos ni al atrincheramiento defensivo, sino a una parcial desobediencia cultural (B. Rootmensen): hoy debemos hallar nuestra identidad en el intenso distanciamiento de los extravíos de esa cultura, en disponernos a la ardua travesía del desierto, donde podamos revivir como individuos y como pueblo de Dios los principios fundamentales de nuestra fe con libertad de movimiento, sin necesidad del salvoconducto cultural.

De este modo, esa palabra originaria de la experiencia religiosa de Israel y de Jesús recobrará en la situación actual de nuestra fe, una mayor fuerza simbólica:

El desierto es literal o analógicamente el espacio entre Egipto y Canaán, es el sitio donde se dio la Tora, el sitio del primer amor; por esto dirá más tarde Oseas: Mira, voy a seducirla llevándomela al desierto y hablándole al corazón (Os 2, 16);
el desierto es el sitio de un proceso didáctico de cuarenta años o cuarenta días, una escuela de vida muy dura, en que abundan las murmuraciones;
el desierto es el sitio donde los hombres, en silencio y recogimiento, encuentran la iluminación y donde a veces Dios les habla; el desierto es un sitio al margen de la sociedad, donde los hombres son a la vez del lugar y forasteros, aunque prevalece lo
último: ser un extraño, un huésped;
el desierto es un símbolo del desarraigo y a la vez de la renovación; es sobre todo en este último sentido en el que Is 40-55 usa “desierto” como término técnico de la teología exílica. (Rootmensen, pág. 50 s.)

En la medida en que vayamos recuperando esa teología del desierto del AT y del NT, el distanciamiento podrá irse convirtiendo en una exigencia liberadora, que nos devuelve a nuestros orígenes, nos purifica, nos proporciona luz y fuerzas que nos permitan abordar creativamente la cultura moderna y así contribuir a superar los desarrollos culturales descaminados y las crisis de supervivencia.

II. FACTORES DEL CRECIENTE DESCONTENTO DE LA IGLESIA
Esta rápida descripción de la situación de la Iglesia en la Europa moderna podemos concretarla en una serie de factores que nos aclaran cómo el creciente distanciamiento entre la experiencia religiosa judeo-cristiana y los procesos de autoconcienciación
moderna se va transformando paulatinamente en crítica y rechazo agresivo de la Iglesia. También aquí los factores internos de la Iglesia juegan un papel subordinado respecto a los sociales, lo cual puede llevar a relativizarlos, pero en modo alguno a tomarlos a la ligera.

Un factor histórico-social
La crítica actual de la Iglesia no puede separarse de la actitud que el hombre de hoy, tan individualista como consciente de su libertad, adopta contra todo tipo de instituciones. Ya Hegel veía el problema básico de la sociedad contemporánea en el progresivo distanciamiento entre el sujeto individual y las estructuras sociales de las grandes organizaciones. Este distanciamiento lleva al individuo a refugiarse en su esfera privada de vida. Así, el deseo de intimidad y seguridad se va convirtiendo en el lugar casi exclusivo donde se vive auténticamente. Por otra parte, las instituciones sociales son
consideradas como meras instancias públicas para la obtención de las necesidades vitales del individuo.

Esto desemboca en un enfrentamiento generalizado entre la persona y la realidad social: en política (¡cuántos “se darían de baja” del Estado, si pudieran!), en el sector educativo, en la salud pública, en los sindicatos, etc. Por todos los ámbitos de nuestra sociedad, la crítica institucional, fría, adialéctica e ineficaz por su ingenuidad, está en el orden del día y alcanza asimismo a las grandes Iglesias, a las que no se considera ya comunidades de fe, sino Iglesias ministeriales, organizaciones públicas para las exigencias religiosas privadas y sociales: integración ritual de las etapas de la vida, ayuda en la crisis de desorientación, superación de la angustia. Y cuanto menos cumplen con esas expectativas, que a veces apenas si coinciden con el encargo de predicar el Evangelio, tanto más va mermando su interés social y, a partir de cierto grado de desengaño, se buscan, sin más, agencias de orientación más competentes o menos comprometidas o incluso movimientos subversivos radicales.

Un factor sociológico-religioso
Mientras hasta hace unos años el lema “Jesús, sí – Iglesia, no” caracterizaba la actitud general respecto a la Iglesia, hoy priva un lema muy distinto: “Religión, puede que sí -Dios personal, no” (J.B. Metz). Lo cual significa: la religión entendida como apertura a la trascendencia (signifique ésta lo que se quiera), como último sentido o carácter misterioso de la vida, numinosidad o experiencia de una unidad cósmica que nos envuelve, halla entre nosotros un considerable eco, como lo demuestra la fascinación
por lo esotérico, por las corrientes ecológicas de una mística de la naturaleza o por los antiguos mitos, la New Age o la nueva Gnosis.

La sociedad actual admite sin dificultad que se busque una síntesis simple que dé sentido a nuestra vida. Pero se la busca cada día menos en la fe cristiana. Su mensaje de un Dios personal, y además hecho hombre, les resulta a muchos demasiado
antropomórfico, demasiado concreto, demasiado comprometido. La apertura hacia “lo divino” ni quieren ni pueden concretarla ya en una relación personal con un “Tú divino”. Si, por añadidura, la Iglesia la formula en un lenguaje unificado y encima
obligatorio (credo, dogma), nuestra fe resulta totalmente incomprensible a la sensibilidad religiosa moderna, para la que la religión es asunto exclusivo del sentimiento subjetivo, no reducible a fórmulas intersubjetivas obligatorias.

Un factor sociológico-eclesiástico

En los países germano-parlantes se va a ritmo acelerado hacia la separación de Iglesia y sociedad, y esto pese a la colaboración entre Iglesia y Estado. La unión multisecular entre Iglesia y sociedad, sobre todo en las capas altas y medias, que ha marcado nuestra cultura, da hoy un giro hacia procesos, en parte agresivos, de emancipación, especialmente constatables en publicaciones y medios de comunicación liberalburgueses. Si, tras el Concilio, prevaleció una relación distendida entre la Iglesia católica y los mass-media, desde hace unos diez años se observa un cambio manifiesto, en el que juega un papel innegable la línea decididamente antimodernista y restauradora de la jerarquía católica.

Una vez más se incide en una hermenéutica de sospecha y desenmascaramiento de la historia, de la doctrina y del presente de la Iglesia, como si ésta quisiese oprimir autoritariamente la libertad y hacerse con la verdad, la verdad sobre Dios, sobre Jesús,
sobre su propia historia, sobre los hombres y, en especial, sobre las mujeres. Sirvan de ejemplo los best seller periodísticos sobre la repentina muerte de Juan Pablo I, los manuscritos de Qumrán1 , la Santa Sábana de Turín, los procesos medievales de brujas,
sin contar con una historia general de los crímenes del cristianismo (Karl-Heinz Deschner) y los ataques frontales contra el cristianismo y el judaísmo, “pues no saben lo que creen” (Franz Buggle). Lamentablemente hay también autores cristianos, como
Eugen Drewermann o Uta RankeHeinemann, que se dejan llevar por esa exitosa corriente de destrucción literaria de la Iglesia.
No se trata ciertamente de negar ni minimizar el sinfín de pecados de la Iglesia en el pasado o en el presente. El hecho mismo de que hallen tanta resonancia, aun entre cristianos, la acusa: la vergüenza en reconocer abiertamente sus faltas y errores, la falta
de transparencia de muchos procesos, la desafortunada praxis todavía vigente de sus autoritarias decisiones siguen abonando el suelo para una tal hermenéutica de desenmascaramiento.

Un factor psicológico
No creo, sin embargo, que esta actitud, a fin de cuentas muy mejorada, respecto a otras épocas preconciliares, baste para explicar la crudeza de la polémica actual. Detrás de todo ello se entrevé un fenómeno de psicología profunda. Da la impresión de que la
tristeza por la fe perdida en el Dios cristiano y la creciente incapacidad para creer hace mella en muchas personas, que la viven como una pérdida de valores culturales, de la que culpan a la Iglesia: ella es responsable de que no podamos ya creer en Dios, pues uno no va a creer en una institución tan inhumana y retrógrada; y si ella resulta tan poco
digna de crédito, menos lo será su mensaje. Este frecuente mecanismo del chivo expiatorio puede por fin exculparle a uno. Más todavía: con una lista de pecados pasados y presentes de la Iglesia, puede uno irse haciendo cada vez invulnerable a la
propia responsabilidad ante la exigencia de tomar una decisión personal en pro o en contra de la fe.

El factor histórico de la fe
Llegamos al factor definitivo, que yo vería en nuestra progresiva impotencia eclesial de contagiar a los hombres la fe en Dios fuente de vida, de tal modo que prenda en ellos la chispa que les haga comprender, con la mente y el corazón, que es bueno fundar su vida sobre este Dios, seguirle en y con Jesús y colaborar en la edificación de su Reino. Las instituciones clásicas de transmisión de la fe (familia, enseñanza de la religión, catequesis, predicación) ven muy reducido su ámbito, y el núcleo de nuestra fe (Dios, creación, Jesucristo, redención, gracia, pecado, salvación, resurrección) muere en muchos corazones jóvenes con la muerte de la frialdad y el pasotismo. No es extraño que Rootmensen llegue a hablar de “tinieblas de Dios” en nuestra Iglesia y cultura.

Esa impotencia se extiende al atasco general en otros campos: la ineficiencia en amplios sectores de la pastoral juvenil, la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, el confuso papel de la Iglesia en la sociedad moderna: ¿cuál es su misión, si el corazón de
su mensaje -la fe personal en Dios- tiene tan poca demanda? Si se ha extinguido la sed de Dios o puede saciarse de mil maneras ¿para qué se requiere aún su predicación? Tan acuciantes preguntas cuestionan la capacidad de futuro de la fe en Europa. La
experiencia de una sociedad post-cristiana (Ludwig Bertsch) se presenta como algo totalmente nuevo e inquietante, en especial cuando la constatamos en el círculo de nuestra familia, amistades y trabajo.

Resulta, pues, comprensible que muchos dirijan miradas nostálgicas hacia las pletóricas Iglesias de América del Sur o del Norte, de Corea del Sur o de África -triste consuelo- o que otros se refugien en la permanente crítica a la Iglesia y a su jerarquía, lo cual,
además de ser frustrante, aleja a los últimos miembros fieles. Otros se tranquilizan minimizando el problema: “tampoco le va tan mal a la Iglesia; otras veces le fue peor; en tal y tal sitio florece la vida cristiana”. Sin duda. Pero esas evasivas no hacen justicia
a su situación global en el seno de la moderna cultura europea. No basta. Debemos plantearnos la situación abiertamente, buscando en ella señales de una nueva esperanza. Sólo una esperanza realista, que toque de pies en el suelo, nos permitirá avanzar unos pasos en el éxodo de la Iglesia hacia la forma que Dios puede haberle destinado en la “modernidad”.

II. ACTITUD ESPIRITUAL EN ESTA SITUACIÓN DE LA IGLESIA
En esta situación ¿qué actitud personal tomar, para no agotarse ni dormirse, para no deshidratarse y morir de sed, para no volverse cínico y amargado? Quisiera aportar algunas experiencias personales que nos han ayudado, a mí y a mis amigos, para
avanzar juntos, con ánimo, humor y esperanza, por el camino de la Iglesia en medio de nuestra cultura.

Procurar formarse una imagen realista de la Iglesia
Podemos quitarnos un buen peso de encima, si miramos la situación de la Iglesia bajo un punto de vista tan amplio y objetivo como sea posible, superando el reducto de nuestras pequeñas experiencias personales. Entonces podremos observar que nosotros
mismos, como Iglesia, no somos directamente responsables de cómo han ido las cosas y, en consecuencia, poco o nada podríamos hacer para cambiarlas. Esta idea no puede exculparnos totalmente, pero sí preservarnos de aquel masoquismo generalizado
(¡precisamente entre los más comprometidos!), que, con su inexorable crítica de la Iglesia, su improductivo dar vueltas una y otra vez a los mismos problemas y sus continuas reclamaciones a la Iglesia y a la jerarquía (“la Iglesia debería…”), seca de raíz
toda semilla de alegría eclesial.

Reconocer honradamente la propia perplejidad
Reconozcamos sinceramente que nos sentimos desconcertados ante el comprensible deseo de proyectos capaces de dar un nuevo empuje a la Iglesia y mejorar sensiblemente la situación. Tenemos una infinidad de ideas magníficas y de programas, hablamos sin cesar de la “reevangelización de Europa”, pero, en el fondo, nadie sabe -ni papa, ni obispo, ni párroco, profeta, teólogo o cualquier otro portador de carismas- cómo deben llevarse a la práctica.

Ni el aletargado diálogo con la cultura moderna, iniciado tras el Concilio, ni la confrontación directa de nuestros coetáneos con el Evangelio ni el atrincheramiento tradicionalista contra todo lo moderno dentro de la Iglesia parece que tengan gran éxito.
Estamos viviendo la experiencia de una Iglesia desconcertada y pobre, no material o estructuralmente, sino espiritualmente. Y reconocer esto con humildad puede significar un paso importante hacia la curación, conforme al antiguo dicho de los Padres de la
Iglesia: Lo que no se reconoce no se puede sanar.

O expresado de manera más profana: ¿sabemos ser buenos perdedores en el juego de influjo y estima, aun dentro de la Iglesia? ¿podemos aceptar con dignidad y nobleza, sin rencor ni paralizante pasividad, que nos vayamos convirtiendo en una minoría cultural? ¿somos capaces de aceptar tranquilamente, en nuestra esfera privada, que nuestros mismos hijos, nietos, amigos o socios, elijan su propio camino, al parecer tan divergente del nuestro, sin castigarlos con reproches, represalias, ni aun con la disminución de nuestro afecto?

Hacer con toda naturalidad lo mandado
Hago mío un buen consejo de Ulrich Ruth. No es la actividad febril ni la pretensión de obtener siempre buenos resultados y de responder a la última exigencia de la gente lo que nos ayuda, sino atender con la mayor naturalidad los valores centrales de nuestra fe: la oración personal y comunitaria, la devota celebración de la liturgia (aun cuando intervengamos poco), la lectura individual o en común de la Biblia, el diálogo comprensivo sobre nuestra fe, las obras espontáneas de amor al prójimo, la constante motivación cristiana de nuestra vida familiar y profesional, etc. “La idea de que los cristianos tienen que hacer ante todo lo que les exige su fe con toda la naturalidad y espontaneidad posible, sin ir mirando siempre a derecha e izquierda en busca de aplauso, puede ser un remedio no sólo contra la resignación prematura a la vista de los pobres resultados, sino también contra el activismo”.

Personalmente me ayuda mucho el pasaje de Romanos 4,17ss: “Fue, al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existe, cuando creyó Abraham. Esperar cuando no había esperanza fue la fe que lo hizo padre de todos
los pueblos, conforme a lo que Dios le había dicho: Así será tú descendencia”. Todas las expectativas de Israel y de la Iglesia parecen personificarse en este patriarca de nuestra fe: una esperanza que espera firme contra toda apariencia, pronóstico y
verosimilitud: una esperanza en Dios que resucita los muertos, que siempre ha “interrumpido” de modo significativo el curso “normal” de la historia de su pueblo, haciendo rebrotar la vida aun de los tocones más secos. Y ¿por qué no, también hoy, en
su Iglesia? ¿confiamos realmente en él? La confianza inquebrantable es el reto que Dios nos lanza en nuestro tiempo.

Relativizar la Iglesia ante el Reino de Dios
Una vez en Tübingen, durante una homilía, oí una deliciosa variante de la conocida frase de Jesús en el Sermón de la Montaña: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás -aun la Iglesia- se os dará por añadidura”. Cierto, ¡la Iglesia no
es más que una añadidura al Reino de Dios! Allí donde nos preocupemos por el triunfo de la paz y de la justicia, por vivir de mil maneras la voluntad de Dios, aun entre los pobres, aun al margen de las instituciones eclesiásticas, ahí comienza a crecer la Iglesia, ahí se reúne el Pueblo de Dios, a menudo muy pequeño y desapercibido, pero lleno de vida y esperanza. Algo ha de repercutir esto en la Iglesia universal y quién sabe si a la larga irá obrando algún cambio aun en sus estructuras más rígidas. Cuanto más logremos dar un valor relativo a la Iglesia, comparada con el Reino de Dios, tanto más nos liberaremos de una fijación, estrecha de miras, en los problemas intraeclesiales.

Meditar en la Iglesia
He descubierto además otro antiguo ejercicio espiritual que me va de maravilla: los antiguos Padres y Madres de la Iglesia no han reflexionado, discutido o razonado mucho sobre sí mismos, sino más que nada han meditado. Dicho de otra manera: han
aplicado simbólicamente los textos de la Sagrada Escritura a la relación entre Cristo y la Iglesia, saboreándola devotamente. Y yo procuro imitarlos un poco. Al leer y meditar la Biblia me pregunto a menudo: ¿se asoma también por ahí la Iglesia? ¿qué imagen suya se adivina en esta escena, en esta parábola, en esta amonestación? Con ello he ido descubriendo poco a poco nuevas posibilidades, cada vez más profundas y prometedoras, que me han permitido captar un atisbo de su misterio, reconciliándome
algo más con su realidad.

Es posible que por este camino incurra alguna que otra vez en el peligro de soñar en una Iglesia ideal. Pero no se trata más que de un modo saludable de relativizarla. Pues la Iglesia institucional no es toda la Iglesia. Esta puede ofrecer un abanico de posibilidades y un potencial de esperanzas mucho más amplio de lo que somos capaces de apreciar a primera vista. También cabe aplicar a la Iglesia aquello de que “sólo se ve bien con el corazón”.

Tener libertad de espíritu para el disenso en la Iglesia
La libertad de espíritu hay que mostrarla cuando las instituciones, individuos, grupos o responsables de la Iglesia no parecen preocuparse demasiado de que Cristo y el Evangelio se transparente hoy en ellos. Precisamente en la actual coyuntura, en que
determinados círculos romanos o episcopales fomentan la involución de los esfuerzos reformadores del Concilio Vaticano II, que tanto deseaba estructurar la Iglesia aun jurídicamente como communio, como fraternidad de los fieles, no debemos dar la
impresión de cobardía o pusilanimidad. De otro modo dejaríamos solos, desengañados y heridos, a demasiados cristianos que, inspirados por el Concilio y su actitud respecto a lo moderno, ansían una nueva manera de convivencia en la Iglesia. También a nosotros se nos haría, dentro de unos años, el reproche: “¿por qué callasteis entonces?”.

Pero nuestro disenso debería formularse en un lenguaje de reconciliación, ajeno a la polémica y a la invectiva, un lenguaje que, lejos de zaherir a los demás en sus sentimientos, tratara más bien de comprenderlos, esforzándose por encontrar el fondo de
verdad que puede haber en sus opiniones. Al reflexionar sobre su compromiso en la Iglesia durante los años 60 y 70 escribe Rootmensen: “Cometimos el error de creer en la fuerza persuasiva de la polémica, pensando que así triunfaría el bien sobre el mal. Ahora caemos en la cuenta de que sí cabe diversidad de opiniones y que nada impide que se discuta acaloradamente. Pero pensar que, con sólo centrar suficientemente la atención, la verdad propia triunfará por sí misma ha resultado ser una ilusión”.

El lenguaje conciliador posee, por el contrario, toda la fuerza, no sólo para llamar las cosas por su nombre, haciendo un discernimiento de espíritus (p. ej. entre el poder espiritual y el abuso del poder político en la Iglesia), sino también para acercar
posiciones muy enfrentadas. El estilo de la comunidad de Taizé y de su prior, Roger Schutz, nos ofrece un ejemplo real de la fuerza de atracción de una Iglesia reconciliada.

No perder de vista la dimensión universal de la Iglesia
Hoy en día se observa una marcada tendencia hacia las comunidades pequeñas. Está bien: la Iglesia necesita perentoriamente tales centros de comunicación de los fieles. Pero, si esta tendencia se hace exclusiva, dejando de lado y aun menospreciando la
comunidad supralocal, supranacional y universal de la Iglesia, entonces lleva a un deplorable empobrecimiento de lo católico, es decir, de la conciencia universal de Iglesia.

Aun cuando actualmente la forma concreta de gobierno de la Iglesia universal crea a menudo problemas, no por esto deberíamos precipitarnos a echar por la borda el principio de la Iglesia como Iglesia universal. La Iglesia es una comunidad de comunidades y fundamentalmente vive de la tensión -a menudo incluso conflictivaentre las pequeñas agrupaciones de personas, entre las parroquias, los obispados, las Iglesias locales en el ámbito de una conferencia episcopal, entre las Iglesias
continentales y la Iglesia universal.

Esta tensión nos salvaguarda del peligro, hoy tan evidente, de una perspectiva demasiado provinciana o de sumirnos en puro nacionalismo eclesiástico. Y al mismo tiempo nos permite apreciar la ingente riqueza espiritual y cultural de la Iglesia en los
diversos países y continentes, gozándonos y dejándonos estimular y corregir por ella.

Pongo punto final a mis sugerencias con un expresivo texto, rebosante de realismo y de amor a la Iglesia, del psicoanalista católico Albert Görres:

La Iglesia hace sentir a todos su presencia, como el sol. A los justos y a los injustos, a los simpáticos y a los antipáticos, a los tontos y a los listos; a los sentimentales y a los más fríos que el hielo; a los neuróticos, a los psicópatas y a los tipos raros; a los
taimados o a los Natanael en quienes “no hay ni sombra de engaño ” (Jn 1,47); a los cobardes y a los héroes, a los magnánimos y a los pusilánimes. A los legalistas más exigentes, a los histéricos perdidos, a los infantiles, drogadictos y perversos. También a
los burócratas sin corazón ni cabeza, a los fanáticos, y también a una minoría de naturalezas sanas, maduras, equilibradas, psíquica e intelectualmente dotadas y capaces de amar.

Esta larga lista es necesaria para dejar en claro qué es lo que cabe esperar de una Iglesia formada por gente tan diversa, convocada sin distinción de personas, como al azar, por calles y solares, y cuyo personal directivo procede de tan abigarrado surtido, si es que no han de estar ocurriendo continuamente por arte de magia milagros, que nadie nos ha prometido. Santos, iluminados y lumbreras sí que se nos han prometido. Quien los busque podrá encontrarlos. Mas quien no los busque, jamás los descubrirá, por más que año tras año pasen junto a él, porque tal vez no quiere o no puede reconocerlos.

Más de uno dirá acaso que él podría suscitar otra Iglesia, cuya santidad, sabiduría y amor saltasen a la vista. Imposible. El Espíritu que está presente en ella siempre y en todas partes es un Dios escondido, latens Deitas en expresión de Tomás de Aquino, Deus absconditus, al decir de Lutero. Un Dios que se muestra cuando y a quien él quiere, que llama felices a los que creen aunque no vean. Estos no tienen necesidad de ninguna Iglesia deslumbrante, ya que son capaces de distinguir el resplandor de lo
santo aun detrás de un cristal negro por el humo y están libres de la tan extendida tendencia a descargar en la Iglesia su odio a Jesús, varón de dolores.

Notas:
1Los periodistas norteamericanos M. Baigent y R. Leigh publicaron el libro The Dead Sea Scrolls Deception (El fraude de los manuscritos de Qumrán) que en 1991 se tradujo al alemán con el llamativo título de “Documento confidencial sobre Jesús. Los
manuscritos de Qumrán y la verdad acerca del primitivo cristianismo”. En él, además de acusar a los editores oficiales de fraude, proponen una reconstrucción arbitraria y fantasiosa del origen del cristianismo. Sobre el tema véase “Actualidad Bibliográfica”
n° 59 (1993) 34-40. (Nota de la Redacción).
Tradujo y condensó: Ramón Puig Massana

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