André Fossion, La evangelización, un constante cuerpo a cuerpo

     

El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.” (Evangelii Gaudium, § 88)

La exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco imprime en la Iglesia un estilo cierto en la puesta en práctica de la evangelización. Me gustaría aclarar y explicitar ese estilo. Es mi impresión que este estilo reside fundamentalmente en la conexión con el cuerpo lo cual se esfuerza en promover. El pasaje de la exhortación que figura en el epígrafe se halla entre los más significativos a este respecto. Allí se define a la evangelización, en una fórmula asombrosa, como “un constante cuerpo a cuerpo”. Ella sale de sí al encuentro físico del otro, en su carne, para imprimir en esa condición carnal que nos es común, las marcas de la ternura de un Dios que se ha encarnado.

Numerosos pasajes de la exhortación subrayan el anclaje del anuncio evangélico en este “constante cuerpo a cuerpo” (§88), en un estrecho “codo a codo con los demás” (§269). La exhortación invita a la proximidad física hasta llegar a adquirir el olor del otro. Ella llama a acercarse, a encontrarse, a abrazarse, a apoyarse para formar juntos una caravana solidaria. Leamos:

– “La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así “olor a oveja” y éstas escuchan su voz” (§24).

1 André Fossion es sacerdote, jesuita, profesor en el Centro Internacional de Catequesis y de Pastoral Lumen Vitae en Bruselas. Es autor de Lire les Ecritures (Lumen Vitae, Bruselas, 1980), La catéchèse dans le champ de la communication, (Collection Cogitatio Fidei, Cerf, Paris, 1990), Dieu toujours recommencé. Essai sur la catéchèse contemporaine (Lumen Vitae, Cerf, Novalis, Bruselas, 1997), Une nouvelle fois. Vingt chemins pour recommencer à croire (Lumen Vitae, l’Atelier, Novalis, 2004), Dieu désirable, Proposition de la foi et initiation, Coll. “Pédagogie catéchétique”, Editions Lumen Vitae, Novalis, Bruselas-Montréal, 2010. Dirección de mail andré.fossion@lumenvitae.be. Página Web https://lumenvitae.academia.edu/FossionAndré.

– “Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de transmitir y descubrir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación” (§87).

Dios mismo es experimentado como aquel que nos toma en sus brazos y nos lleva sobre sus hombros (§3). La vida cristiana se concibe entre dos abrazos impregnados de ternura; el abrazo de nuestro bautismo y el que nos espera, en el final de nuestra vida, en el Reino.

– “La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María-, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (§144).

Es por ello que todo el arte del evangelizador está en hacer “sentir”, entre esos dos abrazos, la ternura reconfortante y bienhechora de Dios.

De los sentidos al sentido

Para explicitar las perspectivas de Evangelii Gaudium, preguntémonos como se plantea la pregunta sobre el lugar del cuerpo en el proceso de evangelización. Reconozcamos que, en general, esta pregunta no se realiza. Incluso parece algo insólita. Todo se basa en las representaciones comunes como si la evangelización no tuviera nada que ver directamente con el cuerpo. De hecho, la evangelización está concebida, la mayoría de las veces, como un mensaje, como un contenido que se dirige al otro en la esperanza de que éste lo recibirá y lo hará propio. La evangelización intenta desplegar este contenido, hacerlo audible, comprensible, plausible. Se esfuerza en mostrar su naturaleza salvadora y espera que el otro se deje convencer. Pero notemos que todos estos esfuerzos están atravesados por un presupuesto que parece evidente: antes que nada está la transmisión de un contenido. Ya sea que se lo enuncie bajo una forma doctrinaria rigurosa o bajo una calurosa forma kerigmática, el mismo presupuesto permanece igual: hay un contenido que debe hacerse comprender y transmitir. El lenguaje está concebido como vehículo de un contenido: un contenido que comunicamos, que deseamos compartir con los demás haciendo valer su intelecto.

Este modo de evangelización evidentemente no es falso. Como dice San Pablo, “La fe nace de la predicación” (Rom 10, 17) y la proclamación del Evangelio forzosamente es portadora de un significado. Pero esta concepción de la evangelización queda corta cuando tiende a reducirse al enunciado de un contenido que se ofrece, de manera teórica, al intelecto. Además, en los hechos, particularmente dentro del contexto occidental europeo, esta evangelización donde predomina un contenido que hay que hacer valorar, resulta a

menudo y en muchos aspectos, inoperante. Se dice que ella “patina”, “no muerde”, “no toca”. Estas tres metáforas que acabo de emplear espontáneamente (patinar, morder, tocar) resultan muy instructivas para la reflexión. Hacen referencia al cuerpo y reflejan de hecho, no la inexistencia de una relación con lo corporal –no sería posible soslayarlo jamás- sino una relación, por lo menos, defectuosa. En efecto, no sería el cuerpo el que es olvidado, descuidado e incluso maltratado cuando pensamos la evangelización simplemente en términos de contenidos.

F. Nietzsche diagnostica, de modo profético, el surgimiento en nuestro mundo de una repulsión corporal, casi visceral, hacia el cristianismo, por lo menos tal como lo experimentaba en su época: “A partir de ahora, escribe el filósofo, no son más nuestros argumentos sino nuestro gusto el que opta contra el cristianismo”2. Sin duda, ahí es donde aprieta el zapato aún hoy: la relación con los sentidos. Cuando la evangelización está diseñada bajo el dominio de un mensaje que se debe comprender (NT: intelectualmente), los sentidos son olvidados y se corre el riesgo por tanto de que permanezcan indiferentes, ajenos, incluso hostiles a ese mensaje. No sería inútil, por consiguiente, recordar aquí el adagio clásico: Nihil in intellectu nisi prius in sensu. Nada hay en el intelecto que no pase antes por los sentidos. Quiere decir que, tratándose de la evangelización, ella comienza por lo sensible. Por lo tanto, hay que obrar un cambio mayúsculo. Se trata de comprender y de percatarse de que la Buena Nueva no se asimila como un saber; ella es primero un tocar, se siente. La cuestión de la evangelización entonces se corre de lugar. El problema no es transmitir un sentido esforzándose para que sea comprendido. Se trata más bien de tocar los sentidos para despertar al cuerpo, reanimarlo y colmarlo de gozo. El Evangelio mismo invita a tomar este camino.

La evangelización y la elevación de los cuerpos

En el relato evangélico, en efecto, la evangelización empieza por tocar los cuerpos para levantarlos. La Buena Nueva proclamada por Jesús acontece siempre ligada a esta sanación de los cuerpos para conducir esa buena noticia a su término, revelar su sentido y decir su destino. Así, la Buena Nueva no está separada de una acción liberadora y bienhechora sobre el cuerpo. “Los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Mateo 11,5). Los relatos evangélicos rebosan de ejemplos de acciones benéficas: “La tomó de la mano, y ella se levantó”, “Le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua”, “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”, “El come y bebe con los pecadores”, “Dadle vosotros mismos de comer” “Sáquenlo ahora y llévenselo al encargado del banquete”. En los Hechos de los Apóstoles, el relato de la curación del paralítico de la Puerta Hermosa es particularmente significativo. El cuerpo está allí mencionado en su totalidad: el vientre, los ojos, la mano, los pies, el tobillo. Se establece un contacto físico entre dos personas. Pedro toma de la mano al paralítico que fija su mirada en él. Le

2 Nietzsche, La gaya ciencia, §132.

ordena levantarse en el nombre de Jesús: “te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina” (Hch. 3,6). Jesús es anunciado aquí como aquel gracias a quien se experimenta la acción bienhechora sobre el cuerpo, aquel en cuyo nombre se oye y se ejecuta la orden de ponerse de pie. Se sigue una alabanza a Dios en un cuerpo que salta de felicidad. Estamos lejos aquí de una evangelización que consistiría simplemente en el enunciado de un mensaje, aunque sea una buena noticia. Se trata más bien de un acontecimiento, un encuentro físico, una acción bienhechora sentida en el cuerpo, acción que llega de manera inesperada, como por sorpresa, llevada a cabo en nombre de Jesús de Nazaret. Experimentada en el cuerpo ella suscita entonces una expresión de reconocimiento gozoso, corporal y verbal a la vez, que da gracias a Dios.

¿Cómo poner entonces en práctica esta dinámica de la evangelización como “cuerpo a cuerpo”? He aquí algunas líneas de acción, estrechamente solidarias, de esta dinámica evangelizadora según Evangelii Gaudium.

– El cuerpo en reposo. Comencemos por un punto que puede sorprender. Toda evangelización auténtica empieza poniendo al cuerpo en reposo. “Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre” (§279), dice el Papa Francisco. La contemplación del amor de Dios, el reconocimiento del primado de la gracia ponen, en efecto, al cuerpo en reposo permitiéndole saborear la ternura de Dios que se nos da y nos abraza. “En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, (…) la iniciativa es de Dios, que “Él nos amó primero” (1 Jn, 4,19)” (§12). “El principio de la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización” (§112). Esto es decir que la gracia de Dios, su energía creadora y salvífica nos preceden siempre. Además, antes de toda acción evangelizadora, necesitamos físicamente ponernos en paz y hallar el descanso sabiendo que la salvación está en marcha en el mundo para la humanidad, “aunque nosotros no la anunciemos”, precisaba Paulo IV en su exhortación Evangelii Nuntiandi3, subrayando así la gratuidad y la amplitud de la gracia divina que nos desborda por todas partes.

– Ante todo, la caridad y su expresión primera en la ternura! La forma primera de la caridad para el papa Francisco es la ternura. El término se repite con insistencia4 en Evangelii Gaudium; lo cual reconozcamos que es bastante poco frecuente en un documento del magisterio. Dios es amor. Y este amor en el que hemos abrevado nos dispone a su vez a amar. Esta disposición no se vive por fuera de la condición carnal. Se experimenta en la carne y está llamada a manifestarse en la carne. La ternura es precisamente la forma familiar que toma la caridad en las relaciones de proximidad que mantenemos con los demás. La caridad, ciertamente, no se limita a la ternura; puede manifestarse también en
3 “No sería inútil que cada cristiano y que cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio” Paulo VI, Evangelii Nuntiandi, 1975, §80). 4 En el documento encontramos 13 casos del término “ternura”.

la acción y el combate por todas las causas humanas, pero ¿cómo podría prescindir de la ternura? Asimismo, es bajo el signo de la “revolución de la ternura” (§88) que el papa Francisco invita a las comunidades cristianas a la evangelización.

– La Iglesia, un cuerpo de caridad en la carne del mundo. La Iglesia, como cuerpo de Cristo, está enteramente “ordenada” a la puesta en práctica de la caridad que viene de Dios. “El servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia5” (§179). Lo atestigua la gran tradición de hospitales y escuelas dentro de los servicios de la Iglesia. La “salida de sí hacia el hermano” es, en efecto, para ella, una prioridad absoluta en respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios (§179). Pero la Iglesia no proporciona la caridad al mundo. A pesar de la violencia que puede habitarlo tan duramente, la humanidad es capaz de amar. La caridad, de hecho, ya está extendida en los corazones de todas las latitudes, culturas y religiones. “Dios vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia” (§71). Es por esto que las comunidades cristianas tienen que ponerse en posición de aprendizaje mezclándose con la gente, escuchando al mundo, para poder distinguir y vivir en él la mejor manera de vivir la caridad, tanto al nivel de las relaciones interpersonales como en el plano social. Todo el capítulo 4 de Evangelii Gaudium se refiere precisamente a la edificación del cuerpo social. El deber de los cristianos a este respecto es ser “dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo” (§187). El servicio de la humanidad pasa por esta escucha del grito de los pobres que perturba y lleva hacia lo esencial; requiere que se busque resolver las causas estructurales de la pobreza sin descuidar “los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos” (§188).

– Un cuerpo de caridad preocupado por su propia salud. Esta Iglesia “en salida” para servir al mundo en nombre del Evangelio exige que sea en sí misma, por ella misma, un cuerpo sano. La segunda parte del capítulo 2 de Evangelii Gaudium nombra, con realismo y sin concesiones, todos los obstáculos y faltas que hieren el cuerpo de la Iglesia en su misión, la cierran sobre ella misma y la enferman (§49, 91,92): el arribismo, el pesimismo, la vanagloria, el activismo, la mundanidad espiritual, el funcionalismo, la preocupación ostentosa por la liturgia, la doctrina o el prestigio, la voluntad de controlar en lugar de facilitar, la propensión a los conflictos, etc. Todas estas desviaciones corrompen el tejido eclesial. La Iglesia no será creíble en su misión evangelizadora si no manifiesta un funcionamiento interno que se caracterice por la excelencia de las relaciones humanas en su interior, por un ejercicio del poder ajustado al respeto y al desarrollo de todos y todas. La cuestión del lugar de la mujer en el seno de la Iglesia afecta eminentemente al cuerpo de la Iglesia y al cuerpo de sus miembros. Es una cuestión ineluctable que aún debe encontrar respuestas adecuadas. “Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir

5 Benedicto XVI, Carta Apostólica Intima Ecclesiae natura, 11 de noviembre de 2012

superficialmente” (§104). En cualquier caso, dentro de una óptica de “saludable descentralización” (§16), conviene desarrollar en el seno de la Iglesia una cultura de la colegialidad y la sinodalidad (§246) que son también, de alguna manera, una forma de “codo a codo”

– La Iglesia, un cuerpo de caridad habla de la caridad con caridad. El anuncio del Evangelio viene a injertarse en la práctica de la caridad. Lo que se ve, lo que se siente en el cuerpo, es la caridad. Lo que se oye, lo que toca las orejas, es el anuncio que viene a revelar el misterio, el sentido y el fin. Sin la caridad que lo precede, lo acompaña y lo rodea, el anuncio del Evangelio “corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día” (§199). “Si yo no tengo caridad, dice Pablo, no soy más que un címbalo que retiñe” (1Co 13,1). La evangelización supone entonces una “inseparable conexión entre la recepción del anuncio salvífico y un efectivo amor fraterno” (§179), entre los actos y la palabra. El anuncio se presenta entonces como el despliegue gracioso de la caridad; el mismo es, en efecto, “la primera caridad” (§199), que presenta al otro su mejor regalo: el reconocimiento gozoso del amor de Dios y una comunión nueva en su nombre: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de la Vida, es lo que os anunciamos, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestra/vuestra alegría sea completa” (1Jn 1, 1-4).

Este anuncio del Evangelio está llamado a ser caritativo hasta en su enunciación. En principio, esforzándose por dar razón de sí mismo de tal modo que el intelecto del interlocutor y las condiciones del diálogo sean respetadas. Seguidamente, adoptando un tono que sea acorde al mensaje enunciado. “Estad siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen”, dice la epístola de Pedro. Pero, agrega, “háganlo con delicadeza y respeto” (1Pe 3, 15-16). Evangelii Gaudium retoma esta expresión (§271) del apóstol Pedro, subrayando con ello que la modalidad del decir debe estar a tono con la modalidad de lo dicho. Así, en el caso de la homilía, que el predicador no olvide que “la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del estilo de sus frases, la alegría de sus gestos” (§140) son parte integrante del mensaje. El estilo de gracia del anuncio, su belleza, su dulzura, unidos a la inteligencia, serán así expresivos de la gracia de Dios manifestada ella misma en nuestra carne.

La evangelización es un “cuerpo a cuerpo”. Se hace sentir desde el principio. Comienza por una acción bienhechora sobre el cuerpo. La Iglesia está llamada a ser un cuerpo de caridad en la carne del mundo. El anuncio viene a injertarse en esta práctica de la caridad para revelerle el misterio, el origen y el fin. La evangelización es en sí misma en un acto de caridad. Las palabras mismas se hacen caritativas. El Verbo se hace querido.

Artículo extraído de la revista Lumen Vitae, nº 1, 2015, pp. 69-77

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